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Nuestra asignatura pendiente

Arranca un nuevo curso académico y algunas tendencias en la educación superior parecen consolidarse: las mujeres somos minoría absoluta en grados y ciclos científico-técnicos. Es más, según las estadísticas del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, la presencia de mujeres en ciertas ingenierías y grados técnicos como arquitectura ha sufrido un ligero declive en los últimos años. Entonces, si en teoría cada vez somos “más libres y más iguales”, ¿a qué se debe? ¿Por qué “elegimos” continuar con los roles que el patriarcado espera de nosotras?

Según las últimas estadísticas disponibles de estudiantes universitarios del MECD (2016-2017), la cifra de mujeres en las universidades españolas asciende al 54,63% del total del alumnado matriculado. Una ligera mayoría que, no obstante, no se ve reflejada si observamos detalladamente los datos en las diferentes ramas de conocimiento. La cifra más alta se encuentra dentro de la rama de ciencias de la salud (69,71%), estrechamente relacionada con el sector servicios y cuidados (una especialización claramente vinculada al rol de cuidadora), mientras que la cifra más baja corresponde, como ya he mencionado, a las ingenierías y arquitectura, con tan sólo un 25,56%. En los ciclos de Formación Profesional la división por géneros parece todavía más marcada, siendo los relacionados con la sanidad, los servicios sociales a la comunidad y la imagen personal mayoritariamente femeninos, mientras que los de automoción, informática y producción industrial son estudiados por una amplísima mayoría de hombres. ¿Podemos afirmar entonces que existe la libertad y la igualdad o simplemente nuevas formas de reproducción de la desigualdad bajo el espejismo de la “libre elección”? Lo cierto es que los estereotipos en la educación juegan un gran rol en cualquier sociedad y/o cultura, y nos predisponen a una muy temprana edad. Nadie es completamente libre ni responde meramente a cuestiones biológicas o individuales, sino que todas las personas estamos condicionadas por cómo hemos sido socializadas. Las diferentes aspiraciones en la vida de niños y niñas se corresponden con los diferentes esquemas mentales que se han forjado en sus mentes a través de juegos, contenido televisivo, la educación que han recibido tanto en casa como en la escuela, etc. Además, las niñas con brillantes coeficientes intelectuales tienden a abandonar antes cuando se encuentran con dificultades, a aspirar a la perfección y a evitar el riesgo tal y como demostró un estudio de la psicóloga Carol Dweck en 1980. Dweck entregó una tarea demasiado complicada para unas estudiantes de quinto grado, y comprobó que a mayor coeficiente intelectual, más tendían a darse por vencidas. Los niños, por otra banda, lo veían como un reto, lo encontraban estimulante y redoblaban sus esfuerzos. A este nivel, las niñas superaban las notas de sus compañeros en todas las materias (incluídas matemáticas y ciencias), con lo cual nada tenía que ver con la habilidad o capacidad, sino con la diferente forma en que educamos a niños y niñas a la hora de afrontar un reto. Algo que se adquiere muy temprano y que nos condiciona toda nuestra vida, véase por ejemplo a la hora de solicitar un empleo (para más información sobre este interesante tema, recomiendo la TEDtalk de Reshma Saujani “Teach girls bravery, not perfection”). Por lo tanto, esta barrera invisible a la hora de elegir estudios parece responder a los estereotipos asociados a algunas carreras técnicas, la falta de referentes femeninos y un marcado estigma social que hace que las mujeres nos decantemos por otras profesiones.

A día de hoy se gradúan más mujeres que hombres, pero conforme subimos en la carrera académica los números cambian: el número de mujeres va disminuyendo conforme se sube en la posición de la estructura jerárquica (un fenómeno bautizado como leaky pipeline por Maya Widmer). Entre las razones se encuentra la extrema dureza de la carrera académica entre los 25 y los 40 años, en muchos casos incompatible con formar una familia, algo que el patriarcado insiste en inculcarnos que es necesario para que nos sintamos realizadas y exitosas. Así como las relaciones de poder (no hemos sido educadas para aspirar a ser líderes) y la reticencia de los sectores más rancios de la academia a que las mujeres rompan el famoso “techo de cristal”. Recordemos que, con la incorporación de Mavi Maestre a la cabeza de la Universitat de València, son solamente 5 las mujeres rectoras en una universidad pública en España, frente a 45 hombres.

Pero tampoco olvidarnos de todas aquellas mujeres que no han tenido la oportunidad de cursar estudios superiores. No es nada nuevo que la pobreza está feminizada en todo el mundo, y nuestra sociedad no es una excepción. También existe una brecha de género entre los eslabones más vulnerables: el número de mujeres analfabetas es mayor que el de hombres, así como el de mujeres que no han completado sus estudios primarios. Aún así, existen datos para el optimismo: el número de mujeres matriculadas en estudios en régimen de adultos (ESO, bachillerato…) ha aumentado en los últimos años según la Estadística de la Educación en España del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.

Como es evidente, queda un amplio camino por recorrer a muchos niveles. Un camino difícil pero necesario, porque la educación es poder, y tal y como dijo la gran Virginia Woolf tras serle negada la entrada a una biblioteca universitaria exclusiva para hombres: “puedes cerrar todas las bibliotecas si quieres, pero no hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”.

Por: Laura Rodríguez (@laurodfe )

 

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