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MINISTRA DÉJELO

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Desde que se formó el último gobierno y se le traspasaron las funciones a la nueva ministra de Igualdad, el movimiento feminista (al que debe su cargo, ya que, sin la presión de éste, José Luis Rodríguez Zapatero nunca habría creado dicho ministerio) ha estado muy pendiente de su gestión, porque conocía las inclinaciones “feministas” de Unidas Podemos. Y desde el inicio de su carrera ministerial, ella no ha defraudado. Las expectativas se van cumpliendo una a una, y lo que temíamos se está haciendo realidad.

El hecho de que cuando cambiaron el nombre de la formación política utilizando el femenino como genérico y que lo anunciasen a bombo y platillo con una fotografía de tres líderes hombres, ya dejaban clara su postura.

La ministra se ha declarado abolicionista de la prostitución, pero no ha promovido ninguna ley para acabar con una de las formas más explícitas de violencia contra las mujeres porque en el seno de su partido hay voces que no están en esa misma línea. Luchar contra la trata de seres humanos es vital, pero hemos de reconocer que ninguna mujer ejerce la prostitución como opción laboral. Siempre hay detrás cuestiones que la empujan a ello, como es la falta de oportunidades, la miseria, el hambre o la drogadicción. Que haya personas que sí estimen que es una salida laboral entre las filas del partido, no debería ser la razón para no luchar enconadamente por acabar con la prostitución. Lo realmente significativo deberían ser las miles de mujeres que todos los días han de soportar una violación pagada tras otra.

Desde el inicio de su andadura ministerial, la ministra ha obviado a las feministas. A esas que son herederas de los tres siglos de lucha y que, con su presión a los poderes públicos, con su pedagogía y con sus argumentaciones sólidas, han ido logrando que las mujeres dejemos de ser una piedra en el camino del patriarcado a la que se puede dar una patada para evitar tener que recogerla y comprobar que no es piedra sino ser humano. Su ministerio tiene una meta a conseguir y es aprobar la ley trans que estaba cogiendo ya mucho polvo en los cajones del Congreso.

No se reúne con plataformas, asociaciones o alianzas feministas, no habla con las teóricas que divulgan el pensamiento feminista y denuncian con sus libros, charlas y conferencias el camino tan largo que queda por hacer. No quiere ni tan siquiera leer los tuits de las ciudadanas que todos los días, miramos con lupa su gestión porque además de mujeres, somos personas con la libertad de estar o no de acuerdo con una política por muy feminista que se declare y que se atreve a decir en una entrevista que ser mujer podría medirse por la talla de un sujetador.

Esa famosa ley trans, es una agresión contra las mujeres y los derechos ya conseguidos por los cambios jurídicos y legales que puede acarrear. En el seno de sus partidarios, se ha ido creando el símil de que derecho es igual a privilegio y que todas nosotras, somos burguesas ricas y blancas que no podemos quejarnos de nada porque lo tenemos ya todo, aunque las cifras económicas (como que seguimos ganando menos, cobramos menos pensión o que continuamos siendo las que soportamos la carga doméstica en un porcentaje abrumadoramente más alto que los hombres) digan lo contrario y todos los años asesinen a sesenta o setenta mujeres por el hecho de serlo, además de las miles de agresiones y discriminaciones de las que somos objeto. Los derechos de unos nunca pueden restar derechos a otras y que las personas transexuales sean reconocidas legalmente no debe implicar que las leyes cambien a peor para la mitad de la población del mundo. No olvidemos que las mujeres no somos un colectivo y que no tenemos que llevar ninguna categoría añadida. No somos las no hombres ni tampoco las no trans. Somos mujeres y punto.

Sus reuniones con influencers (es que ya sabemos que son muy de redes sociales y muy de youtubers) o acudir a entregas de premios donde se envían ladrillazos rosas (oye, muy de género eso del rosa, porque ya sabemos que, según sus acientíficas teorías, los cerebros tienen color) a escritoras de renombre por el hecho de haber demostrado su disconformidad con los postulados defendidos desde los auto definidores de género. Obviando eso sí, que la agrupación que entrega esos premios se ha posicionado abiertamente a favor de los vientres de alquiler que es otra más de la larga lista de explotaciones femeninas.

El movimiento feminista a través de las redes sociales, indignado por la presencia y disfrute de la ministra en el acto; al que acudió como representante de un gobierno y no como ciudadana particular; y como derecho democrático que tiene en esta España del siglo XXI, pidió su dimisión a través de las vías que la pandemia sanitaria nos deja. No podemos salir a manifestarnos, no podemos hacer sentadas ni actos de repulsa, pero sí podemos decirle que su gestión nos borra, nos excluye y que modificar las leyes para dar cabida a sentimientos, nos hará retroceder en el tiempo poniendo en peligro nuestra posición social, duramente conseguida. Recordándole también que en países donde ya se han aprobado leyes similares como el Reino Unido, se están viendo sus nefastos resultados y las sentencias judiciales están dando la razón al feminismo cuando se opuso a la aprobación de la ley. Cuando las barbas de tu vecino veas pelar pon las tuyas a remojar, dice la sabiduría popular.

Acto seguido, toda la maquinaria digital del partido salió en defensa de su ministra con argumentos tan deleznables como comparar nuestra repulsa a su gestión con las atrocidades que el franquismo hizo a las mujeres incluyendo el asesinato de Lorca (porque ya sabemos que nosotras somos culpables hasta del tiro que le dieron a Prim). Nos tachan de fascistas, nos comparan con la ultraderecha (que le ha aplaudido en varias ocasiones las decisiones tomadas, algo que nosotras no hemos hecho) porque su argumentación es que desde la bancada de Vox nos envían todos los días un discurso escrito para que lo difundamos por las redes sociales. Cabe pensar que desde UP dan por hecho que las feministas siguen siendo mujeres a las que hay que dar la mano y guiarlas en la vida porque somos todas tontas de remate).

El hecho de que el movimiento feminista esté en contra de lo que hace su representante gubernamental es muy significativo y debería hacer reflexionar al ministerio si debe o no seguir en sus trece. Rectificar es de sabias y debatir es interesante siempre que se respete a las dos posturas, algo que no sentimos en nuestras carnes. Podemos pedir la dimisión de quién estimemos oportuno porque es un derecho conseguido. No es un delito de odio ni mucho menos discrepar y exigir una política feminista real. Lo hemos hecho con anteriores gobiernos y lo haremos con los siguientes si continúan en la misma deriva.

Dejar claro que la ministra es una persona que tiene todo nuestro respeto como ser humano y como mujer, pero ejerce un cargo público y está sujeta (como todos los demás) a ser juzgada por sus actuaciones políticas. La democracia, para los poderes públicos, tiene esa parte menos agradable. No todo son fotos y entrevistas, también hay que rendir cuentas a la población y aceptar las decisiones que, dentro de los cánones democráticos, nos corresponden a las ciudadanas.

Si el feminismo pide la dimisión de la ministra, es sencillamente porque su gestión no es feminista.

 

Por Belén Moreno  @belentejuelas

 

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