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En México las mujeres resisten

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Lo que comenzó como la toma de las instalaciones de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos en la capital de México en respuesta a los asesinatos diarios de mujeres y niñas es, a esta altura, una llama que ya está propagándose por distintas partes del país.

En los últimos días México fue noticia por un hecho concreto: el 3 de septiembre Silvia Castillo y Marcela Alemán acudieron a la sede de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos ubicada en la capital del país. Allí se reunieron con funcionarios de la comisión para obtener respuestas sobre las violaciones de los derechos humanos de sus hijos e hijas: la hija de Marcela Alemán fue violada a los cuatro años de edad, y Silvia Castillo vivió la desaparición forzada de sus hijos y nietos. La falta de respuestas por parte de los funcionarios del Estado ante sus demandas de verdad y justicia por crímenes como violaciones, feminicidios, desapariciones y homicidios -cristalizada en lo infructífero de aquella reunión- fue lo que las motivó a entablar su protesta, acto que devino en la toma de las instalaciones como una manifestación de hartazgo. Las colectivas feministas fueron convocadas en apoyo.

Así, lo que comenzó como una expresión de cansancio ante la ausencia de justicia y respuestas fue creciendo y generalizándose. La sede de la CNDH de la capital mexicana fue definitivamente ocupada el 4 de septiembre por familiares de desaparecidas y por colectivas feministas como Ni Una Más, y sus ocupantes han declarado su voluntad de convertir las instalaciones en un refugio para mujeres víctimas de violencia sexista. La sede ha sido, de hecho, convertida en la “Okupa casa de refugio Ni Una Menos”.

A la vez, las tomas y/o protestas han comenzado a replicarse en otros puntos del país: Veracruz, Morelia, Ecatepec. Este último municipio fue noticia ayer mismo por una brutal represión policial: agresiones a la prensa, mujeres golpeadas, heridas en el cuerpo, rociadas con gas lacrimógeno e incluso detenidas que fueron obligadas a subirse a vehículos no oficiales. También ayer fueron tomadas dos nuevas sedes de la CNDH: la de Puebla y la de Tabasco.

Las exigencias son concretas: que el Estado reconozca la gravedad de la violencia contra las mujeres en el país, que se declare la Alerta y se otorgue a los Estados mexicanos los subsidios correspondientes para combatir la violencia sexista, que se forme una comisión real para atender a las víctimas de esa violencia, que se ponga fin al discurso descalificador del movimiento feminista, entre otras. Se reclama, además, la renuncia de Rosario Piedra Ibarra, la titular de la CNDH, quien el 9 de septiembre fue noticia nada menos que por pedir a la sociedad que condenase la toma de la CNDH en la Ciudad de México insinuando la existencia de intereses políticos y económicos detrás de la acción.

Se estima que en México llegan a morir en manos de la violencia misógina 10 mujeres por día. Es en este mismo contexto que las madres mexicanas deben soportar que sus hijas sean asesinadas, desaparecidas o violadas por hombres mientras hacen la vista gorda unos funcionarios estatales a quienes luego no les temblará la voz al momento de condenar moralmente sus protestas y reclamos.

Y es que, mientras tanto, las respuestas de los altos cargos del gobierno son aquellas a las que nos tienen acostumbradas. Cuando no ignoran, en abierta complicidad, nuestros gritos en pedido de justicia por las mujeres violadas y asesinadas a diario, nos condenan moral, discursiva e incluso físicamente (policía mediante) por protestar. Mientras en su propio país miles de mujeres se han alzado denunciando que están siendo literalmente masacradas, el mensaje más destacable que ha emitido el presidente Andrés López Obrador consistió en decir que estaba “en contra de la violencia”, acusando de “conservadoras” a las mujeres que intervinieron el cuadro del prócer Francisco Madero que se hallaba en la sede de la CNDH. Porque en el reino del revés y el cinismo patriarcal, al parecer, violencia es pintar una pared o un cuadro y no asesinar, violar y secuestrar unas cuantas mujeres al día.

Lo que muchos podrían interpretar como un estallido social espontáneo, carente de disparador inmediato, es en realidad la justa respuesta furiosa a una injusticia sexista concreta y sistemática, soportada durante siglos. La acción de las mujeres mexicanas, que tanto se empeñan en descalificar quienes lloran por cuadros y paredes, es producto de años de sangre derramada, de listas interminables de muertas por ser mujeres y es, por lo tanto, la causa común que nos une a todas las mujeres del mundo.

 

Por Sol Tobia (@SolTobia )

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