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La izquierdita cobarde

Esta campaña electoral en España está dejando auténticos momentos de “gloria” en forma de frases y sobreactuaciones varias. Auténticas barbaridades en boca de muchas personas candidatas a ostentar un cargo público y que si las dejas hablar un poquito, demuestran que no tienen el nivel suficiente de inteligencia emocional, de empatía con el pueblo o de planes reales que aplicar en sus programas.

Es una campaña soez, barriobajera y un tanto choni la que nos están mostrando y además, con la amenaza real de que tras esta de las generales, nos viene la segunda campaña electoral a las europeas, municipales y autonómicas. No sé yo si el cuerpo va a soportar tanto. Si por higiene mental no va ser mejor cerrar las televisiones, dejar de ver tertulias y apearse una temporada de las redes sociales porque, aunque no hay mal que cien años dure, tampoco hay cuerpo que lo aguante.

Lo más llamativo, por supuesto, es la irrupción en España de la ultraderecha que ha tenido como primera consecuencia el viraje a la derecha de los partidos más conservadores que hasta este momento parecían algo más democráticos y algo más modernizados, como apeados de aquella mano dura  y de aquella intransigencia heredada del franquismo. No es que no tuvieran su ración de caspa o que no olieran a rancio, si no que, en medio de los aires de modernidad que otorga el neoliberalismo más ramplón, rezumaban olores de perfumes caros y H&S. Un buen lavado de cara y no sacar los pies fuera del tiesto es algo que les ha ido funcionando de perlas en los últimos años y que el sesgo ideológico cavernario del nuevo partido parece haber trastocado. No se han cortado en palabras ni en frases de alto voltaje y lo que para unos suponía una especie de rebozo democrático, para otros era una derechita cobarde a la que pretende robar votos demostrando que, aunque siempre estuvieron ahí, ahora ya no tienen miedo ni vergüenza en manifestarse tal como son; franquistas, auténticos nazis, manipuladores e insultantes.

La izquierda se pasa la vida tratando de hacerse perdonar las barbaridades del pasado que siempre se echan en cara como un insulto: ¡Stalin, Paracuellos, Mao! Quizá por eso no levantamos mucho la voz por más que haya un programa detrás de las siglas. Me da la impresión de que en el fondo, aquí, nos hemos creado una especie de complejo de inferioridad que nos impide ser tan categóricos como ellos, y hemos pasado, poco a poco, de ser unos revolucionarios a convertirnos en la “izquierdita cobarde” que alza la voz lo justo y necesario para ser oída por sus votantes sin llegar a los oídos de los demás.

La izquierda ha evolucionado, ha hecho autocrítica, ha podido abandonar los antiguos preceptos y la parte más violenta de su teoría porque entendemos que en plena democracia la lucha es otra.

La derecha por el contrario, en plena libertad, levanta la voz para tratar de recortarla, para moldearla a su gusto, para volver a las épocas pasadas en que ellos tenían un poder absoluto y se hacía lo que “Dios manda y lo que les sale de los cojones”.  Han perdido la vergüenza, el miedo. Ese franquismo sociológico del que muchos renegaban hace unos años ha explotado en nuestras narices y nos hemos quedado mirándonos sin saber cómo ha pasado y lo que es peor, sin saber cómo combatirlo. La derecha se ha apropiado de la bandera, de los símbolos democráticos, y resucitado las frases que hace medio siglo usaban para ostentar su poder absoluto. Los de izquierdas seguimos ofreciendo programa, programa, programa sin darnos cuenta de dos cosas vitales; una es que la gente no va a entender nada de programa porque no escucha y además el vacío en  la mayoría de medios de comunicación tampoco ayuda, y dos, que mientras unos apelan a la razón, los otros apelan a la emoción, y eso es difícil de combatir.

No se puede razonar contra los sentimientos. Así de simple.

Mientras nosotros tratamos de razonar coherentemente, hacemos crítica de nuestro pasado, evolucionamos hacia programas basados en la defensa de los derechos humanos y somos más pacifistas de lo que nunca hemos sido, hay gente que se envuelve en una bandera, alza la mano en saludo romano y llama al enfrentamiento como si esperaran volver a la época de la república para justificar su violencia y su odio contenido durante ochenta años. Igual deberíamos enarbolar nosotros esa bandera que aunque no es la que más nos gusta, es la nuestra. Igual deberíamos recordar los logros de este país, los avances sociales de la república como carta de presentación y no tratar de dejar el pasado atrás en un intento de huir hacia adelante. Tal vez deberíamos alzar la voz con más contundencia. Recuperar la memoria y la conciencia de clase que hemos perdido, salir a votar en masa, dar una lección de democracia y evolución.

En una sociedad completamente esquizofrénica, tratar de mostrarse coherente con la realidad es complicado. La clase trabajadora vota aspiracionalmente a partidos que en realidad la perjudican solo en base a ese “españolismo” que se pone de contrapunto al problema catalán. No tenemos calidad democrática, no se ha depurado nada en cuarenta años de democracia, no se ha contado nuestra historia y cuando se ha hecho, se ha manipulado por parte interesada en desinformar. La mayoría de votantes parece permanecer impasible ante la corrupción y el desmantelamiento del estado de bienestar. Es como si no les importara ni un pepino que nos roben a manos llenas, que hayan malvendido las infraestructuras que tanto les costó construir a nuestros abuelos, que traten de privatizar todos los aspectos materiales posibles de nuestras instituciones, y que a pesar de eso salgan sacando pecho, mintiendo con alevosía, tapando sus miserias con banderas y eslóganes vacíos. Es como si a ciertos partidos se les permitiera todo, absolutamente todo, porque ya existe la conciencia de que esa clase política, rica, privilegiada y de derechas, tiene potestad para seguir haciendo lo que ha hecho toda la vida mientras que la izquierda tienen que seguir vistiendo desarrapada y viviendo bajo un puente.  

La base social que podía tener la izquierda se ha evaporado a favor de mileuristas que votan sin tener conciencia de su pobreza, convencidos que tener Netflix, hipoteca y coche es una prerrogativa concedida por la derecha. Gente que trabaja en el campo, que son jornaleros de toda la vida también votará a la derecha porque la bandera que les arropa es más grande que los campos que trabajan. Perdida la conciencia de clase, nos queda apelar a la conciencia pura y dura, al escrúpulo y al corazón que rige sobre valores más humanos y más globales para que, si no nos dejan la bandera, podamos envolvernos en humanidad.

La izquierda debería ser un poco menos tibia, pasar a un discurso más agresivo, más plural, más global y al mismo tiempo más nacional para apelar a los sentimientos de las personas, al ideal de libertad y no dejarse llevar por los complejos del pasado, por los errores que parecen coartarnos. Quizá también podríamos gritar Viva España de vez en cuando, no sé, al fin y al cabo somos los únicos que buscamos una verdadera España justa e igualitaria en la que todos tengamos las mismas oportunidades y en donde las leyes sean también igualitarias para los ciudadanos. No vale con ser educados ni con ser tímidos mientras atacan las bases de nuestra ideología o mientras tratan de vendernos sus teorías neoliberales disfrazadas de libertad tras la caspa de su retrógrado pensamiento. La responsabilidad es nuestra. Solo si se consigue movilizar a toda la izquierda, si salimos a votar y no nos vamos de paella como solemos hacer siempre, podremos frenar el auge de la ultraderecha. Como ciudadanos tenemos un gran reto, pero como políticos aún tienen un reto más alto y tanto unos como otros tenemos que saber estar a la altura del desafío. No podemos ser la izquierdita cobarde que permita, con su inactividad, que la libertad que tanto ha costado conseguir, se quede en manos de los nietos de aquellos que se alzaron para quitárnosla.

Las mujeres tenemos un rol fundamental en este momento. Somos el 60% del voto indeciso pero si tenemos en cuenta la desinformación y el desconocimiento del feminismo en este país, pudiera ser que muchas ni siquiera se planteen salir de casa para ir a los colegios electorales y manifestar su opinión en forma de voto.

La supresión de la ley de violencia de género, la lucha constante contra las feministas, ese intento continuo de desacreditarnos, de torcer cada una de nuestras palabras, de poner en duda cada ley que se ha dictado para tratar de poner freno a un enorme problema como es la desigualdad, parece no atraer a muchas votantes. Tampoco hay una conciencia femenina global porque muchas mujeres siguen relacionando la feminidad impostada y al uso con normalidad, sin caer en la cuenta de que la normalidad entre la que ellas viven tan confortablemente, es el infierno para otras muchas, y no hablo solo de los casos más sangrantes, de las violaciones, malos tratos, violencia machista o acosos, sino también de la desigualdad en el trabajo, de la precariedad y la pobreza femenina, de las leyes que están tratando de colarnos por la puerta de atrás disfrazadas de un supuesto libre albedrío y altruismo, de las pocas expectativas laborales y humanas con las que nos encontramos día a día. Obviamente la violencia machista es la cúspide de todo ello, la punta del iceberg, pero todavía hay mujeres que se plantean preguntas que deberían tener resueltas y a las que el feminismo ya les dio respuesta hace tiempo.

La mujer debería tener clara la tendencia a que sean nuestros derechos los más recortados y  que sea nuestras cuotas de poder las más socavadas por quienes no quieren perder sus privilegios, algo de lo que también pecan algunos machitos de izquierdas que tratan de hacer política feminista sin tener en cuenta la opinión del feminismo de raíz, de la teoría feminista que llevamos trescientos años desarrollando. Las mujeres tenemos entonces una doble responsabilidad, como ciudadanas y como mujeres y tanto más cuando, si gana la derecha más rancia, si las tres derechas se unen en un tripartito que ofrezca la gobernabilidad del país, nuestra pérdida, nuestro retroceso, será también doble.

 

Por Nina Peña (@ninapenyap )

 

 

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