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Que el placer sea mío

Toda sociedad concibe sus propias pautas sexuales como innatas y universales. Nacemos en contexto cultural que nos impone reglas y nos enseña “qué es correcto y qué no”. Estos límites son una guía de actitud que predispone nuestra visión ante la vida y ante nosotros mismos.

Las personas nacemos en una sociedad patriarcal donde la mujer es el objeto de deseo y el hombre se convierte en el sujeto activo de esa mirada “cazadora”. Al clasificarnos como objetos, se nos pide una responsabilidad, la responsabilidad de exhibir o no nuestro cuerpo.

“Nos enseñan que nuestro cuerpo debe ser deseable pero no deseante”

Recuerdo una escena del famoso libro de Tolstoi, donde el marido de Anna Karenina descubre que esta le está siendo infiel a través de una nota. Es en ese momento cuando él entiende que su mujer tiene ilusiones, frustraciones y proyectos, Alexis se da cuenta de que su mujer piensa y siente como una persona.

Pero no todo queda ahí, su mujer siente “deseo. Su incomprensión se transforma en ira. Si su mujer “desea” ya no puede controlarla.

“Quizás el “todas putas” no sea más que una respuesta colérica a la independencia sexual de la mujer”

En el momento en el que la sociedad entiende que una mujer puede sentir y expresar su deseo de forma individual, se convierte en un ser “al que hay que vigilar”. La sexualidad de la mujer solo es tolerable cuando se adapta al consumo masculino.

En una sociedad donde los hombres son espectadores y las mujeres vistas y explotadas, los hombres se ven legitimados a opinar, sintiéndose autorizados a entrometerse en la conducta e imagen femenina.

Si mostramos nuestro cuerpo tal y como es, somos seres desagradables, si no lo hacemos, somos unas acomplejadas. Ellos tienen el poder de decidir sobre nosotras.

Prueba de ello, es el señoro Javier Marías, que crítica la eliminación de las azafatas en los podios ciclistas y lo tacha de puritanismo.

“Putas o santas, la sociedad se cree con el derecho a juzgarnos”

El dicho de “una señora en la calle y una zorra en la cama” nos indica nuestro rol en la sociedad. Ambas son un insulto, una por tener que aparentar en la calle y otra por tener que forzarnos en el ámbito privado.

Mientras los hombres se quejan de la ausencia de deseo en sus parejas (esto da para otro artículo) las violaciones se hacen pasar por orgías. Los abogados de la manada acusaron a la víctima con un argumento completamente perturbador:

«No echaste a correr ni pediste auxilio porque ibas a lo que ibas, a pegarte una pasada de orgía y desenfreno con cinco desconocidos».

Entonces, ¿somos unas frígidas o unas devoradoras de hombres? ¿Somos unas reprimidas o unas zorras? Claramente ninguna de las dos. Esta es la distorsión que nos acompaña a las mujeres durante toda nuestra vida. En nuestra infancia y adolescencia intentamos buscar un hueco entre ambos extremos.

Un hueco que nunca nos satisfará porque mientras nos posicionemos bajo la mirada masculina jamás seremos libres.

La posición que tomemos acerca de nuestra sexualidad es nuestra, al igual que nuestro deseo.

Pero… ¿es nuestro deseo libre?

Nuestros comportamientos reproductivos y eróticos, además de estar relacionados con códigos culturales, de fisiología y género también se encuentran revestidos de una fuerte carga emocional. Por ello el deseo es una construcción social aprendida que en la mayoría de ocasiones no depende de nosotros.

“Muchas mujeres se preguntan si su deseo es o no feminista”

La verdad es que aunque no podamos controlarlo sí que tenemos la capacidad de vivir el deseo de forma feminista. Es lógico recurrir a fantasías de sumisión cuando es el rol que culturalmente se nos ha dado desde pequeñas. El deseo es un mecanismo muy complejo y se va forjando a lo largo de nuestra vida, por eso su deconstrucción es algo complicado y casi ingenuo. Lo que si podemos hacer es entender nuestro deseo desde un punto de vista responsable y no fustigarnos por sentir.

“La reapropiación de nuestro placer debe de ser uno de los principales objetivos de la lucha feminista, tanto como conseguir que todas podamos acceder a él. Castrar nuestros deseos y fantasías, como acostumbra a hacer la sociedad patriarcal, no es emancipador sino totalitario”

Therapyweb.es

Despegarnos de la mirada patriarcal nos hará libres. Convertirnos en quien queremos ser y sobre todo ser conscientes de que nuestra valía como personas no depende del deseo que sientan otros por nosotras.

Por: Marta C (@MartaLlagass)

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