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La guerra del género


El feminismo siempre ha tenido enemigos, obviamente, pese a ser uno de los pensamientos más influyentes del último siglo, pese a tener todo un pensamiento teórico crítico tras él, pese a tener una enorme biblioteca de pensadoras, contar con varios siglos de historia y pese a que es la única corriente filosófica que todavía no se da oficialmente en las universidades si no es en seminarios o en asignaturas optativas. Quizá por eso las defensoras de nuevas corrientes filosóficas que se quieren adscribir al feminismo tienen en realidad muy poquito de feministas y menos aún de filósofas. Hemos podido verlo no solo en la disección que han hecho grandes filósofas feministas de este país en la escuela Rosario Acuña de Gijón, sino en las respuestas puramente viscerales que han tenido sus ponencias. 

La enorme tergiversación de los discursos que tildan como discursos de odio que se ha hecho es tan brutal que, en lugar de ver realmente todas las ponencias, estas han sido resumidas en dos minutos de un video totalmente manipulado con el que el colectivo transgénero pasa a un ataque frontal y sin cuartel contra el feminismo. De nada vale que se hable de teorías filosóficas, que se analicen las autoras Queer o que se deje claro que las feministas no tenemos nada en contra del transexualismo, algo que hemos apoyado históricamente, porque la nueva inquisición, las nuevas modas, no escuchan ni quieren escuchar.  Para empezar, estar en contra de una teoría o de un pensamiento no es discriminar ni es oprimir a nadie. Es pensar diferente y punto. Y el feminismo no puede aceptar ese pensamiento de género puesto de desde él se parte a conclusiones que van en contra de lo que ha sido el pensamiento crítico histórico. Lo que para los transgénero es dogma para nosotras es una forma de opresión. Ellos entienden el género como un performatividad, mientras que para nosotras es el medio del cual se ha valido el patriarcado para oprimirnos. Para nosotras es una construcción social impuesta, no una identidad. Son tan distintos los puntos de partida que no vamos a encontrarnos nunca. Y eso no tendría la más mínima importancia, (se puede pensar distinto y tener un objetivo común) si no se empeñaran en borrarnos de nuestro propio movimiento, en diluirnos, en hacer del feminismo radical el enemigo a batir.  

Las mujeres llevamos muchos años rompiendo con el género, con sus roles y estereotipos. Nosotras, las feministas, somos las primeras que no nos sentimos identificadas con el género que nos imponen y de ahí la idea de abolirlo, de tirarlo abajo para poder ser libremente nosotras mismas.

Desde el momento en que nacemos, cuando nos perforan las orejas y nos visten de rosa, estamos imbuidas en el género y este nos oprime durante el resto de nuestra vida, nos socializamos como mujeres y hacemos de la opresión un modo de vida contra el que luchamos constantemente. En cada toma principal de decisiones, en cada momento en que una mujer hace lo que de verdad siente o quiere sin medir las consecuencias sociales, en cada instante en que rompemos un estereotipo, estamos tratando de abolir el género y la jerarquía que en él se representa. Por eso no podemos aceptar que ahora vengan a decirnos que el género es una identidad personal que cada uno puede tomar o dejar a su antojo.  Es la identidad que el patriarcado nos ha impuesto, no la que nosotras queremos. Construir un millón de identidades de género no nos va a hacer libres a nadie.

Y esto tampoco sería lo más importante si no se pretendiera cambiar la agenda feminista y si no trataran de renombrarnos desde su egocentrismo. Personas sociabilizadas como hombres vienen a decirnos qué es ser mujer; nos llaman seres menstruantes, seres gestantes y se enfadan si hacemos gestos que les recuerden que nosotras tenemos vagina, desprecian la menstruación, la maternidad, les damos mucho asquito, por lo visto. Desprecian a las lesbianas que no quieren tener sexo con ellos, ya que se reconocen como mujeres lesbianas, y las llaman coñofilicas, a los transexuales les llaman escoria trans ya que han pasado por tratamientos hormonales y cirugía, abogan por la prostitución, por los vientres de alquiler…  En el mundo hay cientos de opresiones que sufrimos las mujeres y que ellos ni contemplan. A las niñas que les practican la ablación de clítoris, a las que obligan a casarse, las mujeres que tienen que vestir un burka, las miles de mujeres que son víctimas de trata… todas son oprimidas por ser mujeres, es decir, por su sexo no por su género. Género para ellas es la ley y la forma que las obliga a aceptarse como seres inferiores a los que pueden vender, comprar, mutilar o denigrar. 

Hay que repetir hasta la saciedad que esto no va en contra de los transexuales. Yo los reconozco socialmente mujeres. No me importaría compartir baño, vestuario con una persona transexual, pero no ocurre así con los transgénero. Las personas transexuales jamás nos han discriminado, jamás nos han renombrado, jamás han tratado de imponerse al resto ni han pretendido ser más mujer que nadie, al contrario, han estado al lado del movimiento feminista, en la misma lucha. Hay una igualdad que no es la que pretenden los transgénero para sí. 

Cabe preguntarse por qué si ellos no se identifican con el género hombre tratan de cambiar el género mujer. Porqué en lugar de deconstruir a la mujer no deconstruyen al hombre, por qué no es el concepto hombre el que tratan de ampliar para tener cabida en él como una forma distinta de masculinidad. Por qué en lugar de ir contra el feminismo no van contra el patriarcado que es lo que nos oprime a todos y de esa forma poder ser aliados. Socializados como hombres la costumbre es que sean ellos la medida de todo y ahora pretenden que de nuevo sea la mujer la que se defina a través de su género fluido, la que se defina a partir de lo que no es.

Y una cosa está clara, nosotras somos mujeres, quieran o no quieran.

 

Por Nina Peña (@ninapenyap)

 

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