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«La enfermedad mental»

Quizá todo esto que viene detrás no esté publicado en el sitio correcto, pero sé que todas y cada una de vosotras, las que tengo la fortuna de que me leáis, haréis que llegue a sus destinatarios, cuantos más mejor.

Antes de ayer, el martes, me enfadé, me llené de rabia, de indignación y de asco. Ayer… Ayer sentí que el odio palpitaba en mis sienes y volvía mis nudillos blancos por la presión de mis puños, los que me hubiera gustado hundir en más de una sonrisa patética y sórdida.

Pero esta madrugada… Esta noche, ya alba, cuando clareaba, estaba tan cansada y dolida, tan harta, tan decepcionada, que no he podido más que acordarme de Verónica, y de tantas y tantas otras, de todas las edades, todas, incluso niñas, que han estado en esa fina línea que parece imposible de traspasar, pero lo hicieron. Tan delgada que es eterna, y solo tuvieron que dar un paso, uno solo, pero tan enorme que no tiene retorno.  

Ya que «no pueden evitar compartir ciertos vídeos», quiero que me hagan el favor, no creo que les cueste estando tan acostumbrados a mover el dedo por la pantalla para repartir chanza, humor y morbo entre sus amigos, de entre todos esos comentarios tan inteligentes y empáticos que esparcen por el mundo, colar esto.

Yo he estado ahí. No hablo del vídeo, aunque también. Ni hablo del escarnio y la tortura, que podría. Hablo de hacer equilibrios sobre esa línea.

No creo que ninguno de vosotros haya sentido lo que es hacer el nudo de una soga, atarla a un escalón, una barandilla, una viga, esa rama del camino donde vas los domingos… y ponerla en tu cuello.

Para llegar hasta ahí tienes que pensar que eres escoria, basura, maldición y vergüenza. No es que sea el camino fácil, es que es eso o seguir viviendo, y cómo será la existencia cuando podemos incluso vencer el propio instinto de supervivencia.

No abandonamos a los nuestros, no, no somos egoístas, es que nuestros hijos, parejas, padres, hermanos, amigos… no pueden, ni tienen por qué, aguantar nuestra mochila llena de restos putrefactos que hemos acumulado.

Estarán mejor sin nosotras, porque la muerte se pasa y después de ella, vuelve la vida, al principio escarpada y gris quizá, pero cada vez más soleada y llana con el tiempo.
Si nos quedamos, los días para ellos también serán el infierno que nos hemos buscado. Yo me lo he buscado, yo sola, pero ellos jamás.

Esos hijos estarán mejor sin el amor de una madre envenenado, porque en realidad no ama la que deja que esos pequeños pedacitos de su alma se vean maldecidos por ser lujuriosa y morbosa y excitante… (¿Qué mujer lo es? ¿Alguna practica sexo? ¿Os masturbáis acaso mirando al cielo? ¿Folláis con el colchón? Perdón, ya sé que algunos sí).

Y ese dolor no es nada comparado con apretar ese nudo y saltar.

Esa agonía hora tras hora se acaba en un segundo aunque para mí sea el último, pero para los que más quiero será el primero sin esa carga que sería tenerme a mí a su lado.

Abrir los ojos cada mañana es infinitamente más difícil que no abrirlos nunca. Porque despertar del sueño abrasa y encarar la realidad cada día está dejando heridas como disparos a quemarropa, y ya no me queda más sangre que derramar para que los demás se bañen en ella.

No es que yo, o cualquiera de ellas, estemos mejor si nos morimos, no, ¿quién está mejor muerto?, es que todos los que me daban la vida, ahora boquean como peces fuera del agua, así que prefiero saltar yo y que ellos vuelvan a respirar sanos y seguros.

Porque soy una epidemia, una insignificante, sucia y letal bacteria, y nadie puede librarles de mí más que este nudo y esos largos segundos en los que cruzo esa línea.

Ninguno se habrá nunca sentido tan solo y tan herido que el mañana es como la muerte misma, peor, es la tortura eterna.

Nadie se siente tan bajo y ruin que sólo puede desaparecer de la manera que sea: cortando, ahogando, drogando… da igual el dolor, da igual la agonía, solo hay que irse de aquí.

¿Lo habéis vivido? ¿Habéis vivido la muerte? ¿Habéis preparado esa cuerda? ¿Habéis subido a ese viaducto? ¿Habéis buscado esas cuchillas? ¿Habéis sentido las náuseas y os habéis tomado un omeprazol para no echar ni una sola pastilla? No es quererse morir. Es matarse.

Yo todo eso lo fui incubando durante meses, años. Se fue haciendo una bola de odio imparable hacia mí misma, de una culpa tal que salía por mis poros. Mi razón, igual que sumaba dos más dos, solo encontraba la línea recta hacia esa soga.

Pues bien, mi cerebro está defectuoso, soy una tarada, por eso llega a esas conclusiones, esas conexiones cambiadas hacen que el mundo entero, no ya solo los que me soportan, ¡el mundo!, sea un lugar feliz, bello y habitable sin mi persona. Porque mía es la culpa de una y mil desgracias. Porque no soy más que un parásito hambriento e insalubre.

«¡Qué cosas hace la naturaleza!», pensaréis. «¡Qué horrible tener un cerebro defectuoso de fábrica! ¡Qué nefasta es la enfermedad mental!».

Sí, es cierto. Es horrible estar loco.

Pero tiene que ser infinitamente más terrible y sórdido ser la causa de esa locura. Saber que sois todos y cada uno de los que os pajeáis, reís, mofáis, denigráis, mercadeáis y, por supuesto, «NO PODÉIS EVITAR COMPARTIR», lo que ha llevado en solo dos semanas, ¡14 días!, al cerebro de una persona a retorcerse de dolor y provocarle la muerte.

¡Ya! Ya sé que habéis leído muchas veces que «todos la habéis matado» y que eso no es más que chantaje emocional, porque ella hizo el vídeo, ella se grabó y ella sabía «cómo somos los tíos».

Quizá, pero recordad cada vez que os hagáis una paja, que no, no tenéis culpa de nada, pero la conciencia sucia, aplastada y maniatada también hace clic al cerebro y la lógica empieza a dar pasitos hacia el gran paso.

Pensadlo, estáis defendiendo a los que en dos semanas han sido como años de enfermedad mental. ¿Por qué?

Estáis justificando esa soga.

 

Por @chopitosmum

 

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