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Mañana también va por ellas…

Hoy quiero escribir de unas feministas sobre las que se habla muy poco. Nuestras madres, abuelas y bisabuelas. Ellas, que han vivido, en nuestro país, el machismo de la guerra, la dictadura y la transición.

Olvidadas y ninguneadas por la historia y la sociedad, y siguen al pie del cañón. En las puertas de los colegios, comprando en la plaza, acompañando al médico, llevando la casa, estirando ridículas pensiones.

Cuidadoras que nunca han sido cuidadas. Las primeras en las listas de pobreza. Nunca interpeladas por partidos políticos. Que cuando se dirigen a LOS pensionistas, les hablan a ellos que han trabajado, que han cotizado, no a ellas. ¿Qué que han hecho ellas?

Ellas han impuesto la realidad a una sociedad que les decía que eran menos, que eran inferiores, qué no tenían siquiera el mismo derecho a la vida que un hombre.

Hasta el año 1963 era legal MATAR a tu mujer en España por adúltera. Hasta 1975 necesitabas licencia marital para, por ejemplo, abrir una cuenta bancaria. Y aún hoy, hay quienes hablan de violencia doméstica.

Me he criado rodeada de mujeres del rural gallego, un mundo áspero por decir algo. Allí cuando un hombre se quedaba viudo, rápidamente volvía a casarse, o alguna hermana o pariente mujer se encargaba de la casa, «pobriño». Cuando ellas enviudaban, rara vez volvían a casar, eso era poco decente, así que ya se quedaba sola encargándose de la tierra, los animales, la casa, los niños…
Las embarazadas trabajaban en el campo hasta el mismo día de dar a luz, y a los pocos días volvían, con el niño a cuestas.

Mi abuela, cuando enviudó, se fabricó un yugo para tirar ella misma del arado.
A mí, mujeres excepcionales como mi madre, me enseñaron que el machismo es duro y brutal, y se le combate con la cabeza alta y la dignidad de tener la razón y la justicia.

Cuando ella tenía 14 años, al llegar de trabajar (si, de trabajar), se encontró a su padre dándole una paliza a su madre. Aquella era tan gorda que supo que la mataría si no hacía nada. Así que cogió un cuchillo de cocina y lo frenó. Esa noche caminó 4 km hasta el cuartelillo de la Guardia Civil y les gritó que eran unos cobardes, que daba igual lo que dijera la ley. Qué no había derecho a aquello y que quienes no lo paraban también eran culpables.

El valor, la dignidad y el coraje se lo inculcó su abuela. La mujer aprovechó los efímeros años de la República para divorciarse, asunto que sobrevenida la maldita guerra y la dictadura nacionalcatólica, le dio al cura de su aldea para 20 años de sermón intermitente, explicando lo mala mujer que era en la misa obligatoria del domingo. Parecido a lo que le pasa al PP con el aborto, que cada poco tiempo les quema por dentro y lo tienen que escupir. Y ella, se enfrentaba a aquel escarnio público encendiéndolo aún más. Se negaba a cubrir su cabeza (si, las mujeres llevaban velo en la España franquista, queridos nostálgicos) y aguantaba altiva y sonriente, mientras desde el púlpito la autoridad la llamaba furcia y pecadora y describía las mil formas en se quemaría en el infierno.

A mi madre le grabó a fuego una frase: Cuanto más te vean agachar la cabeza, más te la van a pisar.

Así que hermanas, no podemos dejarnos pisar.

Por ellas, qué lucharon tanto y resistieron y resisten tanto.

Por las que no tienen voz.

Por todo lo que nos queda por luchar.

Por todas nosotras.

Y por todos los que desean devolvernos a esos tiempos oscuros.

No agacharemos la cabeza, ni los brazos, ni la voz.
La igualdad real está lejos, la lucha es dura pero resistiremos, lucharemos y ganaremos, como nos enseñaron ellas.

Gracias por traernos hasta aquí. Seguimos.

 

Por María (@Mblue88759013 )

 

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