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“Estos son todos los hombres nominados”

Pese a la contundencia de la frase, no me la puedo atribuir. La actriz Natalie Portman la utilizó en la pasada gala de los Globos de Oro, cuando presentaba el premio a la mejor dirección. Mientras que su compañero se limitó a anunciar los nominados, ella, con sólo dos palabras, resumió aquello que parecía no ser evidente.

Todos eran hombres.

Aparentemente, en el año 2017, ninguna mujer dirigió ninguna película lo suficientemente buena como para obtener una nominación. Este argumento, tan esgrimido en las redes sociales, es inevitablemente la justificación por defecto para la falta de figuras femeninas en categorías de producción. La duda es razonable. Puede que ninguna directora haya hecho una película al nivel de aquellas dirigidas por hombres. La historia, en teoría, les da la razón -solo una mujer lo ha ganado, Barbra Streisand , y únicamente cinco han sido nominadas.

Pero el problema radica en que en estos premios se valora la calidad del producto final, sin entrar en la abundancia del mismo. En palabras llanas: los hombres dirigen más. Por simple probabilidad que nada tiene que ver con el talento, es mucho más probable encontrar directores hombres con buenas películas. Si nos fijamos en los datos, vemos que la diferencia es apabullante: hay veinticuatro directores por cada mujer en la industria. Esta diferencia, además, aumenta dramáticamente al mismo tiempo que sube el presupuesto. Por tanto, la ausencia de representación de mujeres directoras tiene más que ver con falta oportunidades que con falta de talento. La canción de siempre, diferente ritmo.

Este desequilibrio en Hollywood solo pone de manifiesto una realidad más grande que se extiende a todos y cada uno de los aspectos de la vida pública y privada. Las películas, la cultura, las costumbres sociales, la economía, la publicidad, todo, está dirigido por y para hombres. Las personas en el poder son hombres, que se sienten cómodos con hombres a sus órdenes que ratifiquen su posición. Los hombres en el poder, saben desde hace eones que la capacidad de las mujeres poco o nada tiene que ver con la biología. Por esto somos una amenaza para su status quo, de manera que utilizan su poder para mantenernos fuera de todas aquellas posiciones que ellos han restringido para ellos, poniéndoles la etiqueta de “trabajos de hombres”. Incluso algo tan aparentemente trivial como la dirección de una película.

Si no hay mujeres que no puedan demostrar sus capacidades, el patriarcado cae en la falacia lógica -aquella que tan bien se han aprendido y tan a menudo utilizan- de que ellas no valen para trabajos “de hombres”. Este pensamiento, basado en hechos históricos creados por su propio poder, se mantiene inamovible en tanto que la sociedad lo tiene tan interiorizado que repite sus consignas una y otra vez. Porque el patriarcado planta la semilla que la sociedad se encarga de regar tan diligentemente.

Independientemente de que dudemos -como ya ha manifestado una de las primeras actrices en denunciar abusos, Rose McGowan- sobre si el código de vestimenta negro y el #TimeIsUp de las actrices es sentido o es simplemente una manera de subirse al carro de la igualdad, ellas han conseguido exponer delante de los ojos de la sociedad, que tercamente quiere mantenerse ciega, la lacra del sexismo.

Los pequeños logros hay que celebrarlos. El color negro y los hashtags no solucionan ni las agresiones y ni la violencia que vemos cada día, pero cada vez somos más las que denunciamos, las que decimos que no nos vamos a quedar calladas. Los murmullos se convertirán en voces, y las voces en gritos.

La vida imita al arte, y el arte está diciendo basta.

Por MarisaDotCom @MarisaDotCom

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