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Desmontando a Marías: lo terrible de los crímenes lingüísticos.

Permítanme que haga uso del vocablo “crimen” para definir lo que el periodismo de la caspa más ilustre de la Real Academia Española es a nuestra sociedad. Crimen; delito grave, acción indebida o reprensible, acción voluntaria de matar o herir gravemente a alguien. Escojan cualquiera de las tres posibilidades, todas encajan.

Denme el beneplácito ahora de añadirle el adjetivo “terrible”;

  1. Que causa terror.
  2. Difícil de tolerar.
  3. Muy grande o desmesurado.

Malos tiempos para la lírica, decía Bertolt Brecht. Me acuerdo de él cada vez que alguno de los novelistas más influyentes de este país se atreve a escribir un artículo de opinión sobre las mujeres. Movimiento feminista, teatro, divorcios…no se cortan en tocar cualquier temática para explicarnos lo que no sabemos, porque den por hecho que lo que ellos creen hacer con sus petulantes redacciones son una aportación, la nota informativa que nos faltaba para entender las cosas. El último ha sido Javier Marías, quien publicaba ayer en El País su semanal discurso de “La zona fantasma”. Qué genial título para el espacio que le conceden a este señor en un medio nacional. Véase el quinto significado del término en el diccionario oficial de nuestra lengua:
5. Persona envanecida y presuntuosa. U. t. c. adj.

Como pecábamos de no saberlo, Marías se ha molestado en deleitarnos con una breve introducción al concepto <violencia machista> ; “Lo terrible de estos crímenes”. Se me ocurren otros títulos para su análisis: “Cómo desmontar las teorías feministas”, “Violencia es lo que yo diga, que para eso soy el académico”, “No voy a nombrar la palabra <patriarcado> porque no existe”. En ninguna de sus líneas hay decencia, pero mucho menos rigor. El artículo es un compendio para reforzar la idea de que la violencia que sufrimos las mujeres no es estructural, una lacra que parece extenderse cuanto más fuerza toma el feminismo en la vida social. Los mecanismos de defensa se activan, la masculinidad herida toma sus armas, no pueden consentir que la lucha por la equidad esté calando tan hondo. Otra vez una voz de autoridad de nuestras letras viene a deslegitimizar el discurso de cientos de mujeres profesionales que han desarrollado las teorías feministas. Libros, artículos, conferencias en torno a una materia certera que busca el origen de la desigualdad, carreras universitarias, doctorados que explican que todo responde a un sistema llamado “patriarcado”. Pero nada de ello vale porque Javier Marías ayer nos explicó que los crímenes machistas son casos aislados, nada hay tras ellos que apunten a un proselitismo. Sin duda, qué astucia para el uso del lenguaje tienen nuestros académicos. Debemos empezar a pensar que la proliferación de artículos de esta índole tiene un propósito organizado (patriarcado, por supuesto), porque este tipo de señores – los que muy acertadamente acuñaba hace un año Íñigo Lomana como “representantes de la prosa cipotuda” –  son insufribles, pero peligrosamente listos.

Imagen del titular del artículo en El País.

Escribir sobre violencia machista para afirmar que el perfil del hombre que asesina es de “bruto” o “sádico”, como postula, con la braveza de no nombrar ni en una sola ocasión la palabra “patriarcado” es todo un ejercicio admirable de agudeza. Él sabe que nosotras captamos lo implícito y se ahorra el uso de un término que si por él fuese – ¡peligro! Es académico y puede que pueda – lo eliminaría. Al patriarcado le conviene estar en posesión de la legitimidad del lenguaje, y de hecho lo está; de 44 académicos en 2017, sólo 8 son académicas. Desde la fundación en 1713 de la Real Academia Española hasta 1979 hubo 0 académicas. 266 años sin mujeres en la institución. Desde 1979 hasta 2017 sólo ha habido 11 académicas. Saben lo que escriben y cómo lo escriben.

<Lo que no se nombra no existe> es un principio que han sabido captar desde siempre. Por eso tanto insulto al lenguaje inclusivo, por eso tanto llamarnos “histéricas”, “exageradas”, “radicales”. El patriarcado busca adeptos, señor Marías, sean para matar, sean para seguir sometiéndonos. Usted los busca constantemente cada vez que hace uso de su autoridad literaria para deslegitimizar al feminismo. La violencia de género es un problema estructural que nace desde que como bien expones, en la niñez a ellos se les autoriza para pegarse entre sí pero se les prohíbe tocar a las señoritas. La construcción del género – ese término que tanto odias probablemente porque también os convenga que no exista vocablo para lo puramente sociológico – hace estragos en la convivencia: a vosotros os dicen poder ser fuertes, a nosotras sumisas y pasivas. Os reclutan antes de salir del vientre de las madres para asistir a este reparto de poderes en el que los hombres pertenecéis al estamento superior sea cual sea vuestra raza y edad. Pero afirmar que esto sea una realidad no sale a cuentas. Perdería, por ejemplo, el privilegio de llamarnos “talibanas” cuando reclamamos que se nos visibilice desde el lenguaje, como sabrá, uno de los instrumentos más eficaces del poder. Reconocer  la situación de ventaja desde la que se parte significaría darnos la razón, y lo último que querrá un hombre afincado en la cabezonería patriarcal es que nos llevemos el mérito de haber descubierto un problema de tal envergadura, y por si fuera poco, encima haberle puesto nombre.

Pero en lo implícito de Marías cabe mucho más, no sólo postular que la base de nuestra lucha no existe. Para llamarnos “locas”, astuto en su proceder, proclama un término exquisito: terrorismo. Toda una declaración de intenciones que Javier nos hable de ETA en un artículo sobre violencia machista. Recabad en lo que ha ocurrido en estos dos últimos años en cuanto a instituciones, publicaciones periodísticas, datos oficiales: se ha logrado, al fin, que las cifras de víctimas de violencia de género se comparen con las víctimas de ETA. Desde 2003, año oficial en el que se empiezan a contabilizar, más de 900 crímenes en los que un hombre ha asesinado a su pareja o expareja, frente a los 829 en 43 años de existencia de la banda terrorista. Y es que aceptar que el término “terrorismo” sirva para definir a la violencia machista también es bastante peligroso para la salud del patriarcado. Perdería, por ejemplo, el discurso de poder desde el que se defienden para clamar que no todos los hombres son machistas porque no todos matan.

Nos matan. Nos matan cada vez que nos tratáis con paternalismo, cada vez que nos apeláis por la calle, cada vez que escribís sobre lo que no tenéis ni idea. Vuestro aporte innecesario de opiniones sin fundamentos crea confusión, pero sobretodo, mengua la efectividad de la palabra “feminismo”,  aportando fortaleza a todo el sistema mediante el cual se autoriza a los hombres a que nos asesinen. Como bien dice Marías <No se intenta convencer a los hombres de que maten a mujeres>, no, simplemente se les educa para que puedan hacerlo. El patriarcado les concede esa autoridad, la misma autoridad con la que un hombre que suponemos ilustrado se atreve a hablar de lo que desconoce. La misma autoridad con la que Pérez Reverte, colega de prosa cipotuda y barbaridades machistas varias, se atreve a hacer apología de la violencia de género (su famoso “abatirla de un escopetazo”). El que dispara tiene tanta culpa como el que manda disparar, a ver si de una vez por todas nos damos por cómplices y empezamos a trabajar en pro de exterminar la violencia que tanto, decís, os parece lamentable.

Vuestros crímenes son lingüísticos, tanto por lo que excluís como por lo que incluís a favor de otorgaros la verdad. Hijos sanos del patriarcado, eso es lo que son los hombres que asesinan a las mujeres. Los que las violan, los que las humillan, los que nos explican las cosas que dan por hecho somos demasiado ingenuas para saber. Y mientras seguís publicando vuestra bobería para ganar prosélitos, a la espera quedamos de que aceptéis incluir en la RAE el término “señoro” acuñado por Irantzu Varela. No hay mejor palabra que os defina.
Por Nela Linares Antequera @Nelaileo 

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