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TORQUEMADAS 3.0

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Cuando decimos la palabra inquisición, nos viene a la mente los potros de tortura, los juicios sumarísimos sin pruebas lógicas y con testimonios afianzados en el fanatismo religioso, la hoguera y el miedo. Pero a nosotras, lo que más nos recuerda es a la muerte injustificada de mujeres que desafiaron al poder establecido. La palabra bruja ha perdurado en el tiempo para definir a todas aquellas que de alguna forma sacaban los pies del plato patriarcal en donde nos pretendían tener siempre metidas.

Durante toda la historia, todas aquellas que llevaban algo en el ADN, de lo que siglos después se llamaría feminismo y sin saberlo siquiera, iban abriendo camino, sufrieron la desgracia de ser disidentes. De no aceptar lo que se les imponía por haber nacido mujeres. Sufragistas en prisión, muertas en las fábricas por exigir derechos laborales, violadas como terapia correctiva antes su inclinación sexual, forman parte ya de la historia de las mujeres.

El desarrollo humano, las ciencias sociales y la investigación probada, han permitido que las feministas denuncien la situación en la que vive la mitad del mundo y los avances feministas han cambiado políticas discriminatorias y opresivas. Hoy, las mujeres ocupan cargos de responsabilidad en gobiernos y empresas, están presentes en la docencia, la judicatura, cualquier campo científico o en las artes y el deporte. Con diferencias en algunas ocasiones muy notables con respecto a los hombres, pero los espacios se van compartiendo en más o menos igualdad de condiciones sin olvidar que queda mucho camino por recorrer.

Pero al patriarcado, al machismo y a muchos hombres, todavía les duele que una mujer o un grupo de mujeres, les ponga la ceniza en la frente y les demuestre que están equivocados y que sus argumentos no tienen base. A ninguno de ellos les gustan las “listillas”, que con el conocimiento detrás, les dicen que sus opiniones o creencias son perjudiciales para las mujeres y por extensión a la sociedad entera.

Vivimos en la era de la tecnología, de las redes sociales y de la interconexión de las personas. También en la época de la inmediatez. Lo que pasa en cualquier ámbito es expuesto y en pocos minutos es del dominio público. Los grupos de Internet ejercen una presión social difícil de esconder o de escapar de ella. Hoy, el patriarcado tiene un filón para desacreditar mujeres como nunca antes se había tenido.

Escritoras, juristas, psicólogas, ilustradoras, profesoras y pensadoras son expuestas sin rubor alguno al escarnio público, por esos grupos que pretenden demostrar que las mujeres siguen siendo un estrato social inferior. Una tras otra son vilipendiadas en los espacios públicos, dañando su imagen social y profesional, con burdos y descabellados intentos de destruir una trayectoria cargada de talento.

Existen grupos en Twiter o Telegram que, cual masones tapados por sus capas con capucha, urden planes siniestros para poner en la picota la cabeza de una feminista hasta que está tiene que esconderse para no ser totalmente apabullada por el poder de unos pocos caracteres. Decirle al mundo que estás en contra de ciertas teorías que solo sirven para mancillar el trabajo que las mujeres llevan realizando durante los últimos casi trescientos años, es suficiente para que las hordas de queerinquisidores, expongan a la mujer para ser despedazada por la apisonadora tuitera. Estos grupos siempre encuentran adeptos en personajes con cierto renombre en sus campos, que se acoplan al poder y se suman al griterío para dañar la imagen de una mujer. Debe ser que resulta muy lucrativo ser verdugo virtual. Incluso cuando veladamente están apoyando la explotación sexual y reproductiva, la ablación del clítoris o la injusticia enmarcada en la aceptación de la tradición religiosa.

Insultos que evolucionan desde el, bruja, zorra y malfollada, hasta puta, loca, fea, bollera o feminazi, desencadenan en este siglo XXI en un acrónimo que, con solo nombrarlo, la mujer queda señalada con la letra escarlata del mundo internauta. Ahora ya cualquiera de nosotras es una TERF y con eso se cierra el círculo del debate serio y constructivo. No hace falta argumentar, no es necesario demostrar la acusación, solo pronunciar o escribir lo que ya parece un vocablo para incluir en los diccionarios, para que salten a la yugular de la susodicha y la dejen seca tras chuparle la sangre sin medida alguna.

Una labor detectivesca, pública en las redes sociales, nombres y apellidos, puestos de trabajo o datos personales para que el bucle de insultos y persecución sea infinito. Despidos de periódicos, carreras que se tratan de truncar o inventos pueriles de sacar a relucir datos de una adolescencia sin mayor importancia para nadie que para la propia afectada.

Todo es válido en el mundo de la hoguera de Internet. ¿Qué se dice que ser mujer es una realidad biológica inmutable y que todo lo demás es constructo inventado para oprimir mujeres? A degüello con la que se atreve a exclamarlo. ¿Qué nos parece desmesurado que alguien que hace unos años usaba abusos y burundangas para producir comedias, ahora se tome como referente de un feminismo que ni sabe ni entiende y se dice sin tapujos, exponiendo no su vida, sino lo que ya era del dominio y acceso público? Pues a la guillotina tuitera. ¿Qué demostramos con serios y profundos argumentos que una futura ley puede suponer el mayor descalabro político que puede llevar a cabo un gobierno y tratamos de decirle al mundo que no se debe aprobar? Terf que te crió y a esperar que el móvil, el ordenador o la tablet, se hundan bajo el peso del acoso y derribo al que se somete premeditadamente.

Amenazas de violencia, delitos de odio que se callan y ocultan tras la pátina del posmodernismo, camisetas que se exponen en los parlamentos para dar crédito a una teoría que lleva una goma de borrar mujeres debajo del brazo, son solo los ejemplos de cómo hoy somos tratadas las mujeres. Intentar arruinar una vida profesional cargada de experiencia y conocimiento, puede parecer sencillo para alguien que crea un perfil con un dibujito manga y se mete en la vorágine del insulto gratuito y de la ofensa fácil. En poco tiempo, miles de seguidores estarán aplaudiendo el perfil y siguiendo su estela en la caza de brujas, ya no macartista, pero si anti feminista, que puebla las redes sociales en busca de una nueva víctima.

Todas ellas tienen nombre y apellidos. Algunas de ellas son verdaderas expertas en sus campos de estudio y profesión. Con curriculums que tapan la boca del más pintado, pero eso sí, el denominador común es que son mujeres y que hay que callarlas, si es posible para siempre. Cualquier niñato que no es capaz de escribir en un folio sin torcerse o que piensa que pintarse las uñas le convierte en alguien, tiene el poder oculto tras un perfil de Twitter de decirle a una mujer, que él se autoidentifica como perro pachón y ella tiene que aceptarlo porque para eso él es un hombre y su palabra es ley.

Las mujeres no nos hemos callado durante 300 años y no lo vamos a hacer ahora por mucho que algunas y algunos lo pretendan. Se juntarán unos cuantos y denunciarán en masa falsos delitos de odio y los amos del cotarro cerrarán las cuentas para que no sigan difundiendo una teoría feminista que cada día es más incómoda al poder establecido, que ha colocado a una afín en un ministerio para que expanda la palabra del dios queer y lo transforme en leyes que rayan en la inconstitucionalidad, la superchería y la falta de rigor científico. Pero cuando cierran una, se abre otra. Y luego otra. Y otra. Y en un sinfín, las mujeres nos apoyamos sin fisuras y levantamos la voz todas juntas para decirle al mundo que no nos van a callar. Tenemos la razón de nuestra parte y por mucho terferismo que quieran adjudicarnos, si no pudieron con nuestras abuelas las brujas, con nosotras tampoco.

 

Por Belén Moreno  @belentejuelas

 

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