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Síndrome de la impostora: Cuando eres tu peor crítica

Si eres una mujer artista es muy probable que te haya pasado: Imagínate que estás trabajando muy duramente en una obra o proyecto. Al presentarlo, tu familia y amigos te felicitan y, si eres activa en redes sociales, pronto cae una mención con alguna parte de tu creación o diciéndote lo mucho que le ha gustado. Es bueno, qué duda cabe, pero…tú no acabas de creértelo. Tu cabeza se convierte en una fábrica de excusas para justificar que no eres buena: “Si viesen el resto de mis proyectos, no pensarían lo mismo”, “Me dicen que soy buena porque me conocen y claro, no me van a decir que es una mierda”, “Es mi madre/padre hermano/a amiga/o, qué va a decir” … ¿te suena haberte dicho esto?

También ocurre cuando estás elaborando un trabajo que requiere una dedicación considerable. Las mismas inseguridades, distintas preguntas.

El miedo de no ser lo suficientemente buena, de no interiorizar tus logros ni creerte tus propias capacidades, convenciéndote de que algún día alguien descubrirá tu “fraude” y que, por tanto, estabas haciéndote pasar por una persona que no eres. De ahí el nombre: Síndrome de la impostora.

El término fue acuñado por las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes en 1978. Ellas hicieron una investigación sobre este fenómeno, resumiendo este síntoma como el síndrome que sufren las mujeres a que “están convencidas de que en realidad no son inteligentes y de que han engañado a quienes creen que sí lo son”.

 

No, no es falsa modestia. Sé perfectamente cómo te sientes cuando te llenan de piropos por tu trabajo y tú no sabes qué decir. En vez de alegrarte, te incomoda y sientes que vas a defraudar constantemente a la gente que vio un supuesto talento en ti. Yo soy escritora y también lo padezco (y fijaos si lo padezco que hasta he dudado de definirme como escritora puesto que he pensado que no me merecía un reconocimiento como tal…)

Este síndrome lo pueden padecer hombres y mujeres pero ¿qué ocurre para que no confiemos en nosotras mismas? Varias cuestiones:

La exigencia: esta imposición en las mujeres en prácticamente todos los ámbitos cala en nuestra autoestima y nos obliga a preguntarnos casi de forma patológica si lo estamos haciendo bien.  (“¿seré la nueva J.K Rowling? ¿lo estaré haciendo tan bien como Frida Kahlo?”). En el ámbito laboral, las preguntas cambian, pero siempre permanece el dudar de nosotras mismas (¿se habrán leído todo el trabajo? ¿me dicen esto porque me van a despedir y quieren que me vaya contenta? ¿habrán leído sólo el trabajo de mis compañeros?). Todo ello para conseguir la perfección.  El caso es que, cuando consigues tus propósitos, tienes miedo de no conseguir estar al nivel que tú percibes que te posicionan.

Dudar de nuestras propias capacidades y tener que demostrar el doble que nuestros compañeros hace que nos preguntemos una y otra vez si lo que estamos haciendo es lo correcto y que le demos mil vueltas a la cabeza sobre si vamos por buen camino.

La Inseguridad: El hecho de que a las mujeres no se las suele ver (consciente o inconscientemente) como sujeto, sino como complemento también influye en el ámbito laboral y académico. Los hombres por norma general tienen mejores puestos. El trabajo e incluso los méritos recogidos en el currículum por un hombre o una mujer es determinante en cómo se va a valorar ese trabajo.  Incluso, por increíble que parezca, hasta los currículums se evalúan de forma distinta dependiendo de si eres hombre o mujer.

Falta de autoestima: este punto está íntimamente relacionado con los puntos anteriores.  No verte capaz de hacer grandes logros, y si los consigues infravalorarte bajo el pretexto de “si he sido capaz de hacerlo yo, no habrá sido tan difícil” también suele ser muy habitual. No te ves preparada, ni segura de lo que haces y revisas mil veces tus proyectos. Dudas hasta de las comas. Te empiezas a comparar con personas que han tenido éxito o han empezado a tenerlo antes tú.

Y por si esto fuera poco, a veces ocurre que el síndrome de la impostora cala más allá de la meramente artístico: Se interpone en tu vida personal, en tus relaciones. No te consideras suficiente ni para nada ni para nadie, por mucho que te intenten convencer de lo contrario tu gente más cercana. Y cuando te dicen que vales, que tu trabajo es bueno o que te quieren, sientes que no te lo mereces porque les estás engañando, porque consideras que esa gente cercana debido a la unión sentimental que os une no ven que eres un fraude, y que, tarde o temprano, se darán cuenta y tienes mucho miedo a decepcionarlos.  

Todo esto que expongo, sobre todo el último párrafo, me ha ocurrido y me sigue ocurriendo hoy en día. Hay que encontrar un equilibrio entre la autocrítica y el machaque constante hacia nosotras mismas, pero hay que saber buscarlo para, a partir de ahí, mejorar todo lo que esté en nuestra mano.

Y me dirás: “es muy difícil”. Creeme, soy consciente de ello. Yo no paro de cuestionarme y, al mismo tiempo, trabajo para dejar de machacarme y de ahogarme en un vaso de agua. Fíjate que irónico, hasta qué punto me afecta el síndrome de la impostora que estoy pensando si me he explicado bien o este artículo va a ser lo suficientemente bueno.

 

Por Estíbaliz  (@DamadelaLocura)

 

 

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