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SEXO CON SENTIDO

Feminismo, relaciones, consentimiento, placer femenino

“Un examen objetivo de nuestras costumbres sexuales pone de manifiesto que constituyen, y han constituido en el transcurso de la historia, (…) un claro ejemplo de relación de dominio y subordinación”.

Kate Millet Política sexual.

Cuando yo era adolescente, rondaban aquellos años difíciles de la Transición, las chicas -no hablo de todas, obviamente- no queríamos ser triunfadoras, sino la elegida por el triunfador. Elegida, para después ser su sirvienta, porque el triunfador era él y se merecía ser atendido en todo momento. Sus deseos, sus necesidades, sus sueños eran importantes, los tuyos, no. Eras una chica, simplemente. Ser la elegida era un estatus, un escalón más alto que conseguías subir cuando un hombre se fijaba en ti.

Recuerdo una escena, que entonces no entendí claramente y que me causó una gran malestar interno. Entendamos el contexto: unas niñas, hijas de familias acomodadas, que estudiaban en un colegio de monjas y vivían en un pueblo del interior. Sin cerrar los ojos, veo cuatro chiquillas alegres de 13 o14 años con sus vaqueros y sus zapatillas jugando al churro en un parque. De pronto, se acercan unos chicos dos o tres años más mayores. Uno de ellos se acerca a una de las niñas, la coge de las muñecas y le “roba” un beso. Acto seguido se va riéndose con sus amigos mientras va volviendo la cabeza, de vez en cuando, para ver nuestra reacción, sin dejar de reír, claro.

Quedamos paradas mirándonos incrédulas. Mi amiga estaba roja de vergüenza y yo llena de rabia e impotencia, porque no entendía nada. Tras el incómodo silencio una de ellas dijo:” ¡Caramba que suerte! ¿Qué has sentido?, ¿te ha gustado? Y allá voy yo, la aguafiestas, diciendo: ¿Cómo va a gustarle si no conoce a ese chico, si ella no ha decidido nada? Mi amiga, la elegida, sonrió tímidamente y entre dientes nos dijo que le había gustado porque, aquel chico desconocido se había sentido tan atraído por ella, que no se había podido aguantar al verla -entendamos bien la razón que expuso y deduzcamos la importancia real de los sentimientos de ella-. Así pase a ser la amargada y envidiosa del grupo. Mi amiga, desde ese día, llevaba una banda invisible que la convirtió en “la envidiada”, la que había sido elegida. Esa fue mi primera lección en la asignatura, “Calladita estás más guapa”, asignatura que solo cursamos nosotras

Años más tarde, fuimos al cine a ver “El pico”, En esta película vi mi primera escena de sexo explícita. Tengamos en cuenta, que el acceso al porno para la adolescencia de la época era casi imposible. La escena era tosca, zafia e incluso desagradable. En una parte, el protagonista, se inyectaba heroína, mientras a su lado, su amigo embestía, literalmente, a su novia. Mis expectativas de sexo romántico, dulce y divertido, que era como yo lo imaginaba, se quedaron pegadas en el sillón de la sala. Ver a aquella chica tirada encima de, no se qué exactamente, abierta de piernas, y entre ellas, un chico empujándola con violencia, como si su vida dependiera de ello, me dolió en mis entrañas. La escena era de un mal gusto supino -obviamente ideada por un hombre-. No comenté nada y como a nadie pareció haberle impactada, preferí callar. Ya iba con la lección aprendida.

Mi relación con el porno fue muy discreta. A pesar de no tener una conciencia feminista firme, había leído “El Segundo Sexo”, no lo había entendido mucho, pero algo sembró en mí, que me ayudó a comprenderme en un futuro. Cuando vi la primera película, ya me había estrenado en el sexo con más pena que gloria. No me gustó nada la experiencia, pero no me atreví a decírselo a nadie. Mi vergüenza se convirtió en un bozal asfixiante. En esas películas, veía a aquellas mujeres disfrutar tanto del coito, que más que excitarme, me sorprendía. ¿Porqué no me pasaba a mí?. Yo no era normal, fue mi triste conclusión. Mis amigas disfrutaban, según ellas, como sino hubiera un mañana, cuando su pareja sexual las penetraba, las actrices de estos films ponían una cara de deleite y satisfacción cuando eran penetradas por penes inmensos que a mí me causaban dolor solo de verlos. Mi auto percibí como rara, frígida, poco mujer y me obligaba a callar. No podía saberlo nadie, jamás. Y aprendí a fingir.

Y así estuve varios años hasta que en una reunión con mis viejas amigas, en casa de los padres de una de ellas, buscando un libro, encontramos una película X. De cachondeo, decidimos ponerla. La película empezaba sin paños calientes, un hombres mediana edad penetraba a una chica jovencita. Ella parecía disfrutar mucho, hasta que el hombre la cogió por las caderas, como si fuera una muñeca sin vida, le dio la vuelta y la sodomizó de una forma tan brutal que ella no pudo evitar gritar de dolor. Su cara estaba totalmente desencajada. Intentaba fingir placer sin éxito. Fue tan brutal que paramos la película sin mediar palabra.

Empezamos a hablar de sexo y a confesar mutuamente que ninguna sentíamos placer en la penetración, que aguantamos estoicamente, a que ellos acabaran. Las tres teníamos esa sensación de no ser lo suficientemente mujeres y no nos atrevíamos a hablar de ello. Era como un extraño pacto de silencio entre nosotras, perpetuado por la creencia de que una chica “bien”, futura madre y esposa, no hablaba de sus secretos de alcoba. A partir de ese momento mi percepción del sexo y de mí misma cambió: ¡era normal!, o por lo menos, no era la única “rara”. Empecé a conocerme, a hablar, a pedir, a sentir y a disfrutar…

Las mujeres tenemos muchos pactos de silencio en nuestra vida. Aprendemos a callar y transigir casi al mismo tiempo que a caminar. Cuando leo en las noticias las niñas que ingresan en urgencias con el ano destrozado porque “mi novio me lo pidió” veo que persiste ese pacto y sigue destrozando nuestra vida sexual.

El sistema patriarcal ha desarrollado todo un mundo de placer para los hombres, porque de sus orgasmos depende la perpetuación de nuestra especie. Para nosotras inventó un mundo de silencio y sumisión donde nuestra mejor opción es el consentimiento.

Llegó el momento, en el siglo XXI de decir basta. Disfrutar, o no, del coito no nos certifica como verdaderas mujeres, callar tampoco.

No queremos consentir, sino sentir.

No queremos sexo consentido, sino sentido, deseado, consensuado…

¡Hablemos mujeres!

Por Inma Guillem @SAGATXU

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