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Impunidad y terror en las calles

Cuando aún sangraban nuestras heridas al recordar la injusticia de la casi absolución de la Manada, más manadas se echan a la calle sin temor alguno por someter y vejar a una mujer. La pasividad de esta justicia patriarcal y su permisividad con los criminales (ya que como tal deberían considerarse) ha provocado el verdadero “efecto llamada”. Miles de hombres, incluido los menores de edad, tienen carta blanca para violar a cualquier chica, pues las herramientas y privilegios de los que disponen siguen siendo muchos más de lo que a nosotras, por dignidad, nos pertenece. Por si fuera poco, además presumen de sus “hazañas” con sus colegas, tan machitos como ellos. Pobres ignorantes que disponen su masculinidad en función de su capacidad de humillar, aprobada por otros ignorantes y creando entre ellos una falsa sensación de seguridad. Siguen siendo el rebaño ciego en el que cualquiera puede ser pastor.

Los adolescentes se educan en un ambiente que menosprecia a las mujeres, perciben constantemente mensajes de opresión hacia el otro sexo. Las vías por las que aprenden e interiorizan estos nefastos esquemas de comportamiento son tan cercanas, tan normalizadas en nuestra sociedad, que resulta más que comprensible la derivación de sus actos. La manera en la que conciben el sexo demuestra una involución en la manera de tratarse unos a otros; la mujer siempre aparece en pos del placer del hombre, relegada a un segundo plano o humillada. Humillación que queda completamente legitimada por prácticas como la prostitución o el consumo temprano de pornografía, propias de patrones de convivencia retrógrados y guiados por la desigualdad. Por no hablar de las representaciones sociales transmitidas a través de la publicidad, el cine, la música o la cultura de masas en general. Se transmite y se naturaliza ese desprecio hacia nuestra dignidad y la utilización de nuestro cuerpo a merced de intereses ajenos.

La tolerancia de tantos y tantos elementos que ponen freno a la evolución y al reconocimiento de la igualdad real, es la clave de la consideración o visión que tienen muchos hombres, jóvenes y mayores, de nosotras. La mayoría solo ha conocido el sexo a través de estas prácticas, en verdad no tienen más que un imaginario sesgado de la libertad sexual de ambos sexos. Esto repercute también en la desconfianza con la que se suele tratar a las víctimas de violencia machista. Nuestro poder no se ha visto aún representado en ningún ámbito ni social ni institucional.

La educación y los productos de la cultura de masas son la clave para cambiar el pensamiento general, para empezar a hacer justicia al valor de la mujer, para construir una convivencia sana. Este cambio solo se puede realizar a través de la senda del feminismo, radical y englobando todos los valores que de la libertad e igualdad se derivan. En nuestro camino no tiene cabida la violencia, nuestras armas no son como las que otros obcecados utilizan arbitrariamente. La unión y el grito apelando a la razón nos harán cada vez más libres, menos sumisas.

Si el cazador no es cazado, al menos será acechado por una gran manada: nosotras.

Manifestación contra la sentencia de La Manada. Fuente: últimoCero

Por Nerea Gracia Corredor (@Nerea_Gracia_)

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