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Posmodernismo, la enfermedad terminal de los movimientos revolucionarios

Resulta elemental, para todo movimiento que se proponga transformar la realidad, reconocer sus condiciones materiales, lo cual no es otra cosa que reconocer la realidad misma. No podemos modificar lo que no conocemos.

Sabemos que percibimos el mundo a través de los sentidos. Nos relacionamos a través de nuestros cuerpos, habitamos un mundo tangible y conforme a esa realidad material desarrollamos nuestras relaciones sociales y nuestras ideas. Sabemos, también, que el mundo de las relaciones humanas no es un conjunto armónico, justo e igualitario. Cualquiera que se proponga observar por un momento la sociedad que habitamos se dará cuenta de que la riqueza, y con ella el poder, se distribuyen de manera desigual.

En nuestro mundo hay explotadores y explotados, poseedores y desposeídos, y los hay porque existen los recursos materiales y quienes pretenden apropiarse de ellos.

En esta línea, Marx entendió en el siglo XIX que para subvertir la realidad capitalista y liberar a la clase obrera de la opresión burguesa, era fundamental teorizar conforme a la materialidad. Entendió que existen condiciones objetivas: que las personas ocupamos un lugar u otro en el proceso productivo, más allá de lo que sintamos o creamos al respecto. Tenemos los medios de producción o no los tenemos y éso, la propiedad -el derecho a disponer de la fuerza de trabajo de otros- determinará nuestra clase social.

Entendió, en su momento, que las condiciones materiales de la existencia son el motor de la historia en tanto determinan las relaciones y luchas humanas: porque los seres humanos tenemos necesidades materiales básicas (alimentación, vivienda, etc.) trabajamos para satisfacerlas, y el capitalismo consiste en la apropiación de ese trabajo.

Marx entendió, también, que para modificar esas condiciones materiales que condenaban a la mayoría de la humanidad a la desposesión y la miseria era necesaria una corriente política científica, que trascendiera el campo de las ideas, señalara los motivos materiales de la opresión y se tradujera en acciones concretas, en la movilización de las masas.

Ahora bien, ¿qué pasa con las mujeres? Cualquiera que se proponga honestamente observar la sociedad que habitamos se dará cuenta, también, de que las mujeres ocupamos una posición subordinada. Los feminicidios, las violaciones, la cosificación, prácticas como la ablación y los matrimonios forzosos, así como nuestro confinamiento al rol de servidoras, reproductoras, objetos de consumo y accesorios para el gusto y el placer masculinos son hechos que ocurren en tal cantidad y de manera tan general, universal y constante que dejan perfectamente a la vista que no se trata de hechos aislados. La violencia contra las mujeres constituye la forma misma en la que se estructura y organiza nuestra sociedad. Nuestra subordinación es, por lo tanto, fundamental para que el sistema patriarcal-capitalista se perpetúe, y ésto es lo que define a la opresión: la clase oprimida debe existir, es parte necesaria de la ecuación porque para que existan los opresores como tales deben existir los oprimidos.

Entonces bien, el patriarcado es un sistema de opresión. Todo sistema de opresión tiene, como detectaba Marx, su razón de ser en motivos materiales. No se trata de simples ideas, de palabras y divagaciones. Hay materia, materia que debe ser poseída para continuar enalteciendo y enriqueciendo a quienes se la han apropiado. ¿Cuál es la base material de la opresión patriarcal? ¿Cuál es la razón de ser del patriarcado como sistema de poder?

Los cuerpos de las mujeres. Sus capacidades sexuales y reproductivas. La capacidad de gestar y dar a luz que tenemos las mujeres se traduce para el patriarcado en su forma capitalista, por ejemplo, como la capacidad fundamental de crear fuerza de trabajo.

Si el capital se alimenta de la fuerza de trabajo, apropiándosela de los obreros, el capital necesita, a su vez, que esta fuerza de trabajo se reproduzca y continúe generándose. En palabras simples, el capitalismo necesita obreros. Necesita niños que constituyan la fuerza de trabajo potencial a explotar para continuar reproduciéndose. Y como necesita de estos niños, necesita apropiarse de y disciplinar los cuerpos de quienes son capaces de dárselos: las mujeres. Es en esta línea que la burguesía, en perfecta alianza con el patriarcado, ha diseñado las ideas del matrimonio, la familia tradicional y el enaltecimiento de la maternidad para garantizar que las mujeres nos mantengamos en este rol.

Es fundamental comprender que la opresión de un grupo humano no se sostendría sin los mecanismos ideológicos que disfracen la explotación material y que lleven incluso a los propios oprimidos a defender el sistema que les aplasta.

En la subordinación de las mujeres este papel lo juega el género en tanto construcción social que crea en torno a nuestro sexo toda una serie de roles impuestos; roles que se nos inculcan de las maneras más sofisticadas al punto de estar totalmente naturalizados. Conforme al género, las mujeres debemos ser dóciles, complacientes, bonitas, madres. Si cumplimos estos dictados, el patriarcado puede garantizarse que no nos moveremos del rol de reproductoras y cuidadoras que tanto necesita que cumplamos.

Para emanciparnos es fundamental que no perdamos de vista el origen de la opresión. No podemos liberarnos de aquello que no comprendemos, no podemos liberarnos de la explotación si no conocemos su raíz. Y ésto es lo que hace el materialismo por nosotras: recordarnos el fundamento concreto y real de las relaciones de poder que nos someten, para que podamos politizar correctamente hacia su eliminación.

Ahora bien, el pensamiento posmoderno ha venido a empañar todo ímpetu revolucionario. Éste consiste en la idea de que la verdad misma es una ficción. No existe, para el posmodernismo, ningún horizonte de emancipación, todo es un presente eterno; las ideas revolucionarias deben ser descartadas, todo es búsqueda narcisista de la identidad, individualismo y negación del carácter social de la humanidad en perfecta consonancia con los modelos económicos neoliberales. La acción colectiva ya no existe, y tampoco el sentido de la historia. Se rechazan los argumentos de clase, y el resultado es una relativización rotunda del pensamiento.

Si nada es verdad, cualquier cosa puede serlo. El posmodernismo descarta la materialidad, descarta la idea de que hay verdades concretas y de que esa realidad visible y tangible es la responsable de la forma en la que se organiza el mundo.

Y esto, si algo significa, es un peligro enorme para los movimientos revolucionarios. Si todo es tan relativo, tan banal, si no hay verdades, si casi no hay realidad, entonces tampoco podemos hablar de sujetos oprimidos. Ni de explotación. Ni de violencia física, ni de apropiación de los medios de producción o de los cuerpos de las mujeres.

Es en esta línea posmoderna donde se inscribe la doctrina queer, hecha a su imagen y semejanza. Esta doctrina gira en torno a un acto teórico fundamental: relativizar la condición material mínima, la razón básica de la explotación patriarcal, que es el sexo. Toma al sexo, un hecho científicamente constatable, una realidad material que está allí de hecho, para negarla. El sexo, dicen, es un constructo. Eso que está delante de nuestros ojos, esa anatomía efectiva, esa verdad básica de que en el mundo hay por naturaleza y evidencia machos y hembras de repente no es tal. No existe. Todo se performa, todo responde al mundo inmaterial de las ideas. El ser mujer u hombre es algo que se lleva en el cerebro, o en el alma, o en el sentimiento, y no hay determinaciones naturales ni físicas para ello. Banalización absoluta. La doctrina queer, como la posmodernidad, borra por completo la materialidad. Se instala en las agendas públicas y en los medios de comunicación y de repente una gran porción de la población, que encima se considera a sí misma muy progresista y de izquierdas, cree que sí, que no hay determinaciones materiales, que todo es ese universo sublimado de colores e ideas y que la realidad concreta no sólo es relativa sino que directamente no existe como tal.

Y entonces, si cualquier cosa puede ser mujer, nada lo es. Si el sexo es sólo un constructo efímero y flotante en el imaginario social no determina ninguna opresión, no hay ninguna opresión. Por el contrario, aquello que el patriarcado construyó ideológicamente para oprimirnos -el género- es ahora una identidad, es ahora la única realidad.

El feminismo, así, no tiene razón de ser, se convierte en solamente un depósito de «luchas» rentables y muy publicitadas, las mujeres no sabremos jamás por qué somos oprimidas, quizás olvidemos incluso que de hecho lo somos y acabemos por aceptar que la violencia que se nos practica es naturalmente culpa nuestra, un desgraciado producto de nuestras performances individuales.

Pero ocurre que la materialidad continúa estando aquí. Ocurre que los cuerpos existen, con sus determinaciones naturales y físicas. La riqueza, el capital, los medios de producción, los sexos, están allí, componiendo la realidad comprobable y tangible, aunque las masas lo hayan olvidado. Quienes no lo olvidan son, por supuesto, quienes se los apropian a diario. Quienes se enriquecen a costa de todo esto entienden muy bien de materialidad.

Aunque las masas lo hayan olvidado, las cifras de feminicidios y violaciones a mujeres continúan ascendiendo en los países latinoamericanos y en otras partes del mundo. Aunque las masas lo hayan olvidado, las niñas siguen siendo casadas a la fuerza con hombres que las quintuplican en edad, porque los grandes patriarcas saben muy bien que las mujeres somos objetos intercambiables y vasijas para depositar su semen.

Nos siguen extirpando el clítoris para que no podamos sentir jamás placer, porque las incubadoras no sienten placer, solo paren niños y más niños que servirán de mano de obra al gran capital.

Nos siguen pagando menos que a nuestros compañeros hombres en el trabajo, nos siguen comprando y violando en los prostíbulos y alquilando nuestros vientres para que otros con más dinero que nosotras puedan tener sus hijos; nos siguen golpeando, violando e hiriendo en la industria pornográfica porque a los hombres les excita nuestro dolor y la afirmación de su virilidad a costa de nuestras integridades, porque el sufrimiento de las mujeres vende, la misoginia vende y muy bien.

Los responsables máximos, los que se enriquecen y se sostienen en el poder a costa de todas estas prácticas tienen muy en claro lo que es ser mujer al momento de practicarnos todas estas cosas.

Quienes fomentan que las masas olvidemos la materialidad del mundo son precisamente quienes se benefician, y muy materialmente, de esas condiciones materiales concretas que nos han hecho olvidar brillos, posmodernidad y «progresismo» mediante. Esperemos que al despertar no sea demasiado tarde.

Por Sol Tobia (@SolTobia )

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