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La eterna culpa

No sé quién ni cuándo decidieron echar las culpas de las desgracias de la humanidad a la pobre Eva y su manzana, pero desde luego quien lo hizo sabía muy bien lo que tenía entre manos. Porque a partir de entonces, nos cae una detrás de otra, por una lado y por otro. Hasta hoy.

Las mujeres tenemos el sambenito de sentirnos culpables siempre. Si hacemos como si no hacemos, si vamos como si venimos, si estamos paradas como si estamos quietas. Y si encima de mujeres somos feministas, más culpables aún.

¿Exagero? Sigan leyendo y verán como no tanto.

Seguro que a todas nos ha psado. Es difícil sentarse en un sofá a ver la tele o leer un libro sin que un run run extraño nos esté reprendiendo por estar descansando, con la de cosas que hay por hacer. Y es que ahí está la culpa que nos han inoculado en vena desde el mismo momento de nacer.

Pero no solo eso. Cuando por fin nos libramos de esa sensación y mandamos a ese run run puñetero a tomar vientos, siempre aparece alguien que nos culpa de los males del mundo, sean cuales sean.

The Amaranta

 

El otro día, una mujer superviviente de maltrato comentaba en twitter que le hacían sentir culpable hasta por denunciar a su maltratador. Y si no lo había hecho, alguien la culpaba también por ello. Y lo vemos a diario. Mujeres que se enfrentan hasta a su propia familia que, en un desacertado intento de “poner paz”, las convencen para que dejen pasar esto o aquello. Habrá tenido un mal día, dale una oportunidad, no es para tanto, hazlo por los niños… Las mismas mujeres que, cuando sufren una agresión, también tienen que oir aquello de que la culpa es suya por no haberle parado los pies a tiempo, por no haberle denunciado. Como si no tuviera bastante, ha de cargar con la culpa de tener culpa.

¿Y que me dicen de las culpas con las que cargamos quienes nos empeñamos en luchar contra la violencia machista? Porque es común, en una argumentación imposible de comprender, que siempre salga alguien contestando a nuestras exigencias de medios o a nuestros lamentos por las víctimas con alguna noticia de niños asesinados por mujeres o con cualquier otra barbaridad. Como si lamentar la muerte de una mujer nos convirtiera en cómplices de cualquier otro crimen que se cometa en el mundo. Y así una vez y otra.

Y tal es nuestra culpa que hasta algún alto jerarca de la Iglesia nos acusa de llevar el demonio dentro. Por eso, nos estamos cargando la familia, los valores, el mundo o vaya usted a saber qué, que con tantas culpas no me da la vida la vida para averiguarlo.

Además, como somos unas amargadas, les quitamos a los hombres la diversión de sus chistes machistas, o de pasar un buen rato comentando lo buena que está la vecina, que hay que ver que poco sentido del humor tenemos. Y qué poco comprensivas, que los machos tienen sus necesidades y necesitan un desahogo. Y claro, como vayas con minifalda, con ropa ajustada o con escote, pues ya está ahí la culpa, que no se pude andar provocando. Y ya sé que no son todos –por suerte-, pero todavía son muchos más de los que debieran.

Por supuesto, tenemos la culpa de ser mujeres. Y claro, si nos descuidamos, nos acusarán de quererle quitar a los hombres la mitad del mundo, como si les perteneciera por entero y hubiéramos llegado para arrebatarles lo que es suyo. Y además, para culparnos por ello.

 

Por Susana Gisbert, fiscal y escritora (Perdona, soy artista @gisb_sus )

 

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