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El valor de las mujeres

El patriarcado nos enseña, desde que tenemos uso de razón, a aceptar que quién certifica nuestro valor es la mirada masculina. Nuestra valía se mide en relación al vínculo que tengamos con un hombre. Muchas veces se presenta a mujeres públicas, desde cantantes hasta investigadoras, como la mujer, hija, hermana… de X hombre; aunque ella esté más reconocida en su profesión que él en la suya. Un caso reciente es el de Shakira presentada como “la mujer de Piqué”.

Pero no solo delimitan nuestro valor los “hombres de nuestra vida”, sino cualquier hombre que podemos encontrarnos en la calle al que se le otorga el privilegio de juzgar nuestro aspecto y hacernos saber su opinión, incluso a pleno pulmón en medio de la calle y obviamente, sin que nadie se la pidiera. De esta intromisión somos víctimas desde niñas.

Es el mal llamado piropo que, aunque es considerado por algunas mujeres como un halago deseable, en realidad esconde un auténtico acoso verbal callejero. Bonino lo calificaría como un micromachismo, tal vez porque él nunca tuvo que soportar este tipo de intromisión a su espacio e intimidad.

El piropo tiene dos claros objetivos: enseñarnos a las mujeres cúal debe ser nuestro aspecto para agradar a un hombre, -además de tenernos entretenidas poniéndonos a punto-. Y dejarnos muy claro a quién pertenece el espacio público y quién está seguro en él.

Hablando con algunas amigas, todas coincidimos que todo va bien mientras aceptes el piropo con una sonrisa o un gesto de agradecimiento. Entonces eres una buena chica, que se comporta tal y como se espera de ella, agradecida por gustar a un hombre, algo “muy importante” en nuestra vida. La odisea empieza cuando decides recriminar, enfrentar al acosador o hacer un mohín de desprecio hacia él. Entonces pasas de ser una  ”maravilla de la naturaleza” a ser una zorra, fea y amargada que no entiende lo importante que es para la vida de una mujer, la opinión positiva de un hombre, de cualquier hombre. En este caso te juegas que, en su cabreo por el rechazo, el acosador se convierta en agresor e intente atacarte convirtiendo el espacio público en un lugar, de nuevo, peligroso para las mujeres.

Recordamos un video, que se hizo viral, donde una chica iba grabándose por las calles de Nueva York y se oía claramente como recibía continuamente piropos de desconocidos. Recientemente salió la noticia de otra chica que se enfrentó a un acosador callejero en Argentina. Mientras paseaba en bicicleta se cruzó con un taxista que le lanzó un piropo. Lejos de amilanarse, la muchacha se colocó delante del taxi y exigió al hombre que se disculparse y reconociese el acoso, bajo amenaza de hacerle una foto y realizarle un escrache. A pesar de que el hombre no admitió lo que hizo, la chica consiguió que se disculpara.

Desde el feminismo se han realizado campañas de concienciación contra el acoso callejero, cuyo objetivo es desvelar el lado oscuro del piropo y explicar por qué los hombres no tienen derecho a decirlos, y por qué las mujeres no tienen por qué soportarlos. Bajo slogans como: “No quiero tu piropo, quiero tu respeto” o “MI cuerpo no quiere tu opinión” se intenta explicar y conceptualizar correctamente el mal llamado piropo como una forma de violencia contra las mujeres y conseguir que sea tipificado como delito. Ha ocurrido recientemente en Francia, donde ya se puede denunciar. Estas campañas se han difundido tanto por RRSS, como en forma de proyectos lanzados desde Institutos de la Mujer, Ayuntamientos, asociaciones y colectivos feministas, que están haciendo una gran labor al respecto.

El piropo está íntimamente vinculado a la cosificación de las mujeres, a considerar el cuerpo de las mujeres como patrimonio patriarcal, a la normalización del acoso y la invasión de nuestros espacios. Se les otorga a los hombres el privilegio a mirarnos para calificarnos, a silbarnos, en definitiva a convertirnos en objetos decorativos . Ya en el instituto son famosas las clasificaciones que los alumnos hacen de las alumnas, haciendo listas desde la más a la menos follable.

Virginia Acuña, experta en sociolingüística y género y Ángeles Carmona presidenta del Observatorio de Género del CGPJ afirman que los piropos forman parte de una red cultural muy arraigada; “una combinación entre los límites culturales del espacio público y el género”, las mujeres apenas piropeamos o acosamos a desconocidos.

Como conclusión, el sistema patriarcal ha tenido mucho cuidado en convencernos que nuestro valor más apreciado es tener un físico normativo. Nos ha enseñado a aceptar (y desear), como un halago, un auténtico acoso e intromisión en nuestros espacios. Por suerte y gracias al feminismo, cada vez más las mujeres jóvenes se enfrentan y avergüenzan a esos “galanes” acosadores.

El valor de las mujeres es intrínseco a sí misma, a su condición de persona, de ser humana.

Por Inma Guillem @SAGATXU 

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