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SUMISAS

Todos sabemos que la opresión es mucho más efectiva si el oprimido está de parte del que le oprime. Cuando inconscientemente, se acepta la situación como natural y se interioriza hasta el punto de pensar que estar sometido es una decisión tomada en libertad.

El patriarcado, desde el inicio de los tiempos asignó unos roles a las mujeres para tener mayor control sobre ellas. Pero hoy sabemos que su mayor triunfo no solo fue mantener esos roles a lo largo de la historia, sino que además, lo fue conseguir que la mayoría de las mujeres aceptasen su situación como algo natural y elegido. 

El rol de madre, cuidadora y subyugada al poder masculino fue aceptado en todas las sociedades y hasta hace relativamente poco tiempo. Serían las sufragistas del siglo XIX las que se plantearían que la liberación de las mujeres pasaba por conocer realmente su condición dentro de la sociedad para poder cambiarla.

Desde ese momento, la lucha por desenmascarar las tácticas del patriarcado ha supuesto una lucha sin cuartel para las mujeres. 

Al patriarcado le gustan las mujeres sumisas. Mujeres que no se plantean más allá de lo que se les ha puesto como meta. Las brujas, por ejemplo, fueron mujeres que se revelaban ante el poder de los hombres y mantenían sus vínculos con el resto de hermanas de su comunidad. Su persecución en Europa y América del Norte supuso el asesinato de alrededor de trece millones de mujeres. El terror fue el arma que se introdujo como un hierro candente en alma de las demás para no ser la siguiente. 

El miedo a sufrir, a ser maltratada o asesinada es un arma de cortante filo que el patriarcado ha impuesto a lo largo de la historia para someter a la mujer al papel designado. Se nos ha menospreciado hasta el punto de admitir que no teníamos la misma inteligencia que los hombres, que no estábamos tan capacitadas para resolver nuestra vida y que sin ellos no éramos nada. El patriarcado optó por convertirnos en personas sumisas. 

Cuando los primeros pasos del movimiento feminista comenzaron a avanzar en los derechos de las mujeres, el patriarcado vio temblar su estabilidad y fue creando nuevas formas de sumisión que mantuvieran a las mujeres en un estado de anclaje al macho.

Empezó la desbordante industria de la cosmética y de la cirugía estética que sujetaba fuertemente la cuerda de las mujeres para que ninguna pudiera escapar. Juzgarnos por nuestro aspecto fue otra forma de tenernos sometidas. Ya no valía solo con tener cerebro o poder hacer las mismas cosas, es que teníamos que lograr ser las más bellas porque el patriarcado no quería mujeres feas. Competiciones de belleza, dejar de comer para estar delgada, operar tu cuerpo sano para crear otro ser a partir del original, maquillajes que escondieran a la persona que somos. Otra vuelta de tuerca al sometimiento. 

El feminismo fue avanzando y con él, el proceso de liberación del yugo patriarcal. El papel de sumisa dejaba de ser una opción vital de las mujeres. Ya no queríamos que se nos protegiera porque nos sabíamos defender solas. No nos interesaban los príncipes azules básicamente porque no nos sentíamos como princesas. Estábamos liberando nuestra vida de la sumisión.

Entonces el patriarcado inventó teorías filosóficas que encubrían una nueva forma de sometimiento. La mujer no existe como tal. El sexo es un constructo social y cada persona elige libremente su sexo. Las mujeres se empezaron a preguntar si eso era real porque nacer mujer seguía siendo una forma de sumisión en gran parte del planeta. Nuestro sexo nos obligaba a casarnos de niñas, a sufrir ablaciones, a ser explotadas física, mental y sexualmente. Nuestro sexo era motivo de violencia y de asesinatos. Nos condenaba al ostracismo social, a la prostitución ahora encubierta con el manto del trabajo sexual libremente elegido, a los empleos precarios y a tener una vejez peor. Sin embargo, el hombre, en su infinitiva cavilación creyó que lo mejor para seguir sometiendo a la mujer era convencerla nuevamente de que estaba equivocada. No había más que sembrar y esperar a que la semilla germinase. 

Y llegó el siglo XXI y la planta ya daba frutos. Nos querían sumisas y lo consiguieron al menos en una parte. El feminismo modernista abrió los brazos de par en par y dejó pasar hasta la cocina a los que, como una innovadora catarsis, negaba nuestra existencia. Se sometió, se volvió sumiso y dejó, otra vez, que se nos comieran con patatas.

Sin embargo, los hilos que movían el cerebro de las mujeres, se rompieron en algunas de nosotras. Y luego en otras y luego en más todavía. Llegaron las que no se dejaban dominar, las que seguían gritando con voz propia porque no estaban dispuestas a perder sus derechos escupiendo en la tumba de las que fueron por delante. Se inventaron insultos, amenazas y en manifestaciones y reuniones incluso violencia. La negación de su existencia por parte de su propio grupo de iguales sorprendió a las díscolas, pero no las amedrentó. 

La mujer, en su totalidad se negaba a ser sumisa de nuevo. Exigía derechos para ellas y para sus hermanas. La tiraban al suelo y se volvía a levantar. Le tapaban la boca y mordía la mano que la cubría. Las amenazas resbalaban por su cuerpo sin dejar mella en él. Sabían que todas no eran así. Que el disfraz de libertad que se ponían algunas era una cadena que las apretaba cada vez más y las volvía contra su propia gente. Lo asumieron. Tendrían que seguir sin ellas. dejarlas atrás, aunque les doliese. 

Se unieron. Se hicieron fuertes en la adversidad. Las otras, las que habían aceptado amablemente la condena de la sumisión se declararon sus enemigas mortales. Habían optado por el bando del opresor sin darse cuenta que le hacían el mayor favor. Otra vez el patriarcado había conseguido esas sumisas dispuestas a sacar la cara por él y quemar en la hoguera a las brujas que se negaban a acatar sus normas.

Pero ahora no había suficiente leña para quemarnos a todas. 

 

Por Belén Moreno  @belentejuelas

 

 

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