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Tu mirada, mi miedo

La enciclopedia jurídica define la  intimidación, como la amenaza de un sufrimiento futuro aunque inminente. Es decir, un sujeto puede amenazar a otro sin ejercer una violencia explícita, pero dejándole claro que su negativa a acceder a lo exigido le provocará un dolor seguro.

Muchas de las formas de violencia sexual que sufren las mujeres del planeta no son inicialmente cruentas. A veces, un sujeto puede mediante la intimidación conseguir, que una mujer, por miedo a lo que sabe que va a ocurrir, ceda ante la amenaza.

Existen diversas formas de intimidar a una mujer. El miedo a una violación, a una paliza, a o cualquier otra forma de violencia puede hacer sucumbir a la víctima y dejar que ocurra lo que teme con tal de no sufrir aquello por lo que es amenazada.

La superioridad física o numérica son formas de intimidar a una mujer. Sabemos que en una pelea cuerpo a cuerpo, salvo casos contados con formación previa, tenemos la de perder. Un arma, un cuchillo y sobre todo la creencia firme de que serán usados en contra nuestra pueden hacer de nosotras presas más fáciles. El miedo a morir o a ser brutalmente apaleadas es una realidad que los violadores pueden aprovechar para que sus víctimas se muestren algo más colaborativas. Verte rodeada de un grupo dispuesto a utilizarte sin tu consentimiento debe ser la sensación de terror mayor que se puede sentir. Lo desconocido se abre a tus pies, mostrándote hasta donde pueden llegar si no te dejas hacer y la sensación de pánico te paraliza y te vuelve terriblemente vulnerable.

Todos los días, miles de mujeres de todo el mundo son intimidadas para soportar prácticas sexuales no deseadas. Las violaciones en la pareja se consiguen la mayoría de las veces por formas de intimidación. Una pareja violenta, de la que se conoce de antemano sus formas de proceder, solo con su mirada y lo que ésta esconde detrás puede ser suficiente.

Cuando una mujer acude a un centro policial para denunciar una violación o una agresión sexual muestra siempre una característica común. El miedo. Temblores, manos agitadas, sequedad en la boca, miradas perdidas o movimientos incontrolados son claros signos de haber sufrido una experiencia traumática que le cuesta relatar. Puede no haber golpes, ni moratones, ni signos de pelea o de defensa. Policías y juristas se preguntan por qué no se defendió, no hizo algo para que aquello no sucediera, cuáles fueron las razones de su sometimiento. La respuesta salta a la vista. El miedo a sufrir todavía más.

El caso más claro de la intimidación en los delitos sexuales son los menores. Ellos no entienden más que lo que sienten y el miedo se apodera de ellos ante situaciones que son incapaces de razonar. Son manejados por el agresor a su antojo porque no van a resistirse. Una simple palabra puede convertirlos en juguetes en manos de un adulto.

Sin embargo, la intimidación que no deja lesiones visibles es un arma jurídica que permite al agresor jugar con el código penal y rebajar la pena. La justicia exige de la mujer o los niños, que demuestren que han sido violados contra su voluntad y para ello, pide resultados visibles en su cuerpo. Cuando no los hay porque le ha bastado el miedo a ser tratados con extrema violencia, su palabra no es suficiente. Ya no hay violación. Hay abuso. Y con el abuso menos condena. Y con menos condena, un criminal sexual antes en la calle repitiendo su jugada con otra víctima.

En otras ocasiones no llega ni tan siquiera a realizarse el actor violento. El agresor juega con la intimidación solo por la diversión de ver a una mujer en una situación comprometida. Como si amedrentar fuese algo lúdico. Notar el miedo en la mirada de la potencial víctima puede ser una grata sensación en el agresor. ¿Cuántas de nosotras hemos experimentado el miedo a ser agredidas, aunque después no se haya cometido la agresión? ¿Cuánto hemos corrido por la calle pensando que un posible violador venía detrás de nosotras? ¿Cómo nos hemos sentido cuando un grupito de hombres, envalentonados por su número nos ha rodeado, nos han toqueteado y luego disfrutado viendo como escapábamos atemorizadas? Demasiadas veces en demasiadas mujeres.

Nos acusan de ser temerosas, de ir con miedo por la vida como si todas fuésemos susceptibles de sufrir a todas horas una agresión. Los machistas nos insultan usando nuestro miedo como una exageración para agrandar las cifras que se manejan. Pero ni es exagerado ni es un miedo irracional. Vivir siendo una mujer te expone en más ocasiones de las que se cuentan a momentos de gran amenaza. Intimidarnos en una de ellas.

 

Por Belén Moreno  @belentejuelas

 

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