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El problema de la mujer objeto (o por qué seguimos creyendo en la libre elección)

empoderamiento, falso mito, libre eleccion, objetivizacion, sexualizacion, mujeres, only fans

Parece un concepto simple y trillado que, sin embargo, juega un papel fundamental en la sociedad de hoy en día. No es algo tan fácil de comprender y es algo en torno a lo que todas orbitamos en nuestro día a día. Es una de las bases de la opresión a la que nos enfrentamos y un concepto tan interiorizado que es muy difícil de superar y desechar. La razón de este artículo busca simplificar y ejemplificar este hecho, reflexionando acerca de la libre elección.

Simone de Beauvoir describió la otredad que suponemos las mujeres en la sociedad. La otra cosa, secundaria. Nuestro punto de vista no es hegemónico, solo podemos adornar o “complementar” la mirada masculina que rige nuestro entorno. Nuestros problemas no son “los buenos”, nuestros gustos no son “los importantes”. Nuestra mirada, nuestro sentir, nuestra vida. Todas esas cosas son “nuestras cosas”, las “cosas de mujeres” de las que “ya se ocuparán ellas”. Por eso es bonito, pasional, maravilloso… llorar cuando la selección masculina de fútbol gana la Eurocopa, pero hacerlo viendo Mamma mía cuando madre e hija cantan todo lo que se quieren es una ñoñería y una tontería. Las cosas que tradicionalmente se han considerado “de mujeres” siempre han sido tradicionalmente algo secundario. Y las cosas que tradicionalmente se han considerado de mujeres arrastran también las cosas que son de mujeres: nuestras vivencias, problemas específicos y puntos de vista.

No partimos de una situación de igualdad ni lo hemos hecho nunca. Todo lo que hacemos parte de una base de desprecio inicial, de un esforzarse el doble para demostrar lo mismo. Somos “lo otro”, somos objeto y no sujeto.

Con esto quiero llegar a que todo lo que nosotras hacemos es siempre socialmente “peor”. Es algo que está ahí y a lo que nadie presta demasiada atención, salvo que lo haya puesto de manifiesto algún hombre antes. Así como la informática creció de mano de mujeres (como Heidi Lamar o Ada Bryron, por ejemplificar) hasta que se demostró que era rentable y se convirtió en un mundo masculinizado. Así como el arte se ha creído falsamente un territorio de hombres a lo largo de la historia.

Así que la conclusión es que no, no somos iguales.

Nuestra valía la define nuestra belleza, nuestros modales y nuestro saber estar. Hacemos las cosas bien cuando hacemos “nuestras cosas”, cuando mantenemos el orden y las formas. Pero cuando entramos en el territorio de “lo importante” entonces ya no se nos tiene tanta consideración. Se nos mira con condescendencia y dulzura, como a un gatito intentando saltar a una encimera demasiado elevada.

Pero lo que sí podemos ser es modelos de imagen (dentro del canon femenino), prostitutas y actrices porno. Porque son “nuestras cosas”, porque los hombres no pueden ni quieren competir ahí. Es más, para eso estamos. Y que nadie me venga con el discurso de “los tiempos están cambiando” porque no es así. Hoy en día nada triunfa más que el onlyfans. El porno y la prostitución se siguen consumiendo de manera desorbitada y cada hombre que hace uso de ello no está viendo a esa mujer como una persona. Cada vídeo y cada foto objetiviza un poquito más. Cuando oigo a señores bromear sobre lo guarra que es su novia (solo con él) o sobre lo zorra que es la chica de la otra clase me doy cuenta de lo poco humanas que somos a sus ojos. Cuando veo al tío babeante hacer aspavientos lujuriosos al ver pasar a una chica arreglada, cuando lo oigo gritar cualquier comentario sobre lo que le haría o sobre lo guapa que está. ¿Cómo va a respetarme alguien así? ¿Cómo va a valorar lo que yo hago? Mis investigaciones, mis escritos, mis conversaciones. Esa persona no está considerándome otra persona. Está realizando esas acciones porque no estoy a su altura y se asume con derecho a ello. Que un tipo no sepa diferenciar entre cuando una persona consiente o no (tanto en el sexo como en otros ámbitos) es bastante esclarecedor.

¿Estoy exagerando? Estoy segura de que en vuestro entorno hay puñados de gente así.

Y a veces reflexiono sobre si hago yo lo mismo y la realidad es que no. Cuando comento con mis amigas que he visto a un chico atractivo hago comentarios como “qué chico tan guapo” o “¿has visto que bueno está ese tío?” Jamás he bromeado o fantaseado con violarlo o hacerlo sangrar. Entonces me doy cuenta de lo diferentes que nos percibimos y la consideración que nos tenemos respecto a nuestro sexo. Por poner un ejemplo lo más práctico posible.

Así llegamos al problema de la cosificación: que nos deshumaniza. Y todo ello nos relega a la otredad. No somos parte de la mirada humana socialmente entendida. Somos esa otra cosa que está ahí y que se puede utilizar para el placer, porque es para lo que existimos.

Es por eso que no somos libres para elegir desnudarnos, bailar, provocar. Ese tipo de acciones nos generan una recompensa social, una sensación de “empoderamiento” en la que creemos que somos nosotras las dueñas de la situación. Pero no, no es así. Solo estamos siendo parte del imaginario que nos objetiviza ayudando a perpetuarlo.

Porque la chica en la foto desnuda quizá es una ingeniera de éxito con tres másteres y un doctorado, o la campeona de ajedrez de su pueblo, o Marta la que compra el pan en la tienda de enfrente. Pero todo eso da igual. Es una chica anónima de la que solo importa su cuerpo para consumirlo. Una chica que podría ser cualquier otra. Un producto más, como todas nosotras.

Las fotos desnuda no empoderan. Las fotos desnudas dan una sensación momentánea de poder que solo sirve para ratificar la falta de él. Para reafirmar lo que somos el resto del tiempo de nuestra vida: objetos de consumo.

Por Yurippe (@femi_friki)

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